junio 28, 2009

Glastonbury


Glastonbury
enclave griálico

artículo publicado en Año Cero (2001)
Manuel Velasco

Glastonbury, en el condado de Somerset, en el sudoeste de Inglaterra, ha sido siempre un lugar cargado de misticismo, al que durante milenios han acudido los peregrinos en busca de respuestas. Desde lejos destaca sobre la ciudad la Tor (colina, en gaélico), de 176 metros de altura, siendo su icono más característico. Dicen que no es muy alta, pero sí muy energética, y que además forma un triángulo con otros centros relativamente cercanos de energía telúrica como son Stonehenge y Avebury.

La torre que domina la cima es el único resto de un monasterio medieval derribado por un terremoto en 1275; un siglo más tarde se levantó este oratorio en forma de torre, que se mantuvo activo hasta la disolución de los monasterios promulgada por Enrique VIII en 1539. Tanto monasterio como oratorio estuvieron dedicados a San Miguel, el matador de dragones, tal vez porque este lugar estaba considerado como una entrada al Annwn, el mundo subterráneo y férico de las tradiciones celtas, donde gobernaba el rey Gwyn ap Nydd; la comunidad monástica tendría entre sus funciones impedir la salida de algún ser considerado diabólico, como en otras "puertas del infierno" (nuestro Escorial, sin ir más lejos) diseminadas por la cristiandad.

Aunque también se piensa que San Miguel pudiese ser un santo sustitutorio del dios celta Bel, en cuyo honor se celebraba el Beltane, a comienzos de mayo, fiesta de la fertilidad (no hay que desdeñar el símbolo fálico de la torre), que también suponía el triunfo de la luz ante las fuerzas del mundo subterráneo. Y rizando el rizo, a ese Bel se le asoció con el ángel caído Belial, a quien el arcángel Miguel pondría en su sitio con su espada flamígera.

El caso es que esta torre ha permanecido mientras que el monasterio fue derribado por un terremoto, y algunos piensan que Gwyn (o el diablo, según quien lo diga), la ha respetado por tener en sus paredes unos bajorrelieves que tienen poco de cristiano: una vaca sagrada con santa Brígida (o la diosa celta Briget, una de las representaciones de la Diosa Madre), y otro con san Miguel pesando el alma de un difunto, también con reconocibles resonancias paganas.

Rodeando la colina hay una serie de terrazas artificiales, en siete niveles, que los monjes usaron para sus cultivos, aunque la antigüedad es mayor y su motivo originario bien distinto. Estas terrazas formaban a su vez unos anillos concéntricos unidos y separados de manera que formasen un laberinto por donde los peregrinos subían hasta el santuario. Este laberinto, aunque irregular debido a la orografía, tiene un aspecto similar al de tantos otros pertenecientes a las más diversas culturas diseminados por todo el mundo, siendo el más conocido el que aparecía en las monedas cretenses. Parece ser que las terrazas que forman el laberinto tridimensional son contemporáneas a las grandes construcciones neolíticas de Avebury, Salisbury Hill, Newgrange o Stonehenge.

Al laberinto se le considera como una representación del camino de la vida que lleva a la muerte y esta a la resurrección, es decir, un camino iniciático, de ida y vuelta, que el hombre debe recorrer para encontrar las respuestas a los misterios de su propia naturaleza.

Se calcula que un peregrino tardaría unas tres horas en recorrer todo el laberinto, siempre que fuese un día sin lluvia. Actualmente, las autoridades, debido a la grave erosión del terreno, aconsejan subir por los otros caminos preparados y ajenos al laberinto, mucho más cómodos y accesibles, uno de ellos muy próximo a la ciudad. En los tiempos cristianos, algunos peregrinos subían de rodillas, ya que los siete niveles se asociaron entonces a las siete estaciones de la cruz en la subida al Calvario.

Ahora los católicos y los protestantes realizan peregrinaciones por separado en ciertos días del año. Algo parecido hacen numerosos grupos paganos, que reivindican el que en la antigüedad aquí hubiese un gran centro druídico que contaba con uno de los tres coros perpetuos de Bretaña –los otros estaban el la isla de Iona (Escocia) y en Anglesey (Gales)–, que tenían como misión "encantar" la tierra a través de su canto druídico continuo.

Estos grupos neopaganos celebran sobre todo las grandes festividades celtas: Imbolc, 1 de febrero, la fiesta de Brigit; tiempo de purificación y de siembra. Beltane, 1 de mayo, la fiesta de Bel, dios de la luz, y del fuego y de la flor, renovación y fertilidad. Lughnasad, 6 de agosto, la fiesta de Lug, o de la cosecha, cuando se cuece el primer pan con la harina del trigo nuevo. Y Samain, 1 de noviembre, la fiesta que nosotros llamamos de Todos los Santos (aunque últimamente parece que nos quieren imponer el nombre inglés de Halloween); noche de puertas abiertas entre ambos mundos por donde los espíritus pueden volver a la tierra.

En la Tor no es difícil ver gente meditando bajo la luna llena; a veces son monjes budistas, o expertos en feng shui, para los que la Tor es uno de los lugares donde las corrientes del cielo y la tierra confluyen en armonía. Y si en la antigüedad se veían hadas que surgían del Annwn, hoy en día hay quien ve ovnis (que, para algunos, no llegan desde el espacio, sino del interior de la tierra). O arcoiris sin que haya lluvia. También ocurre que a algunas personas les resulta imposible subir, como si "alguien" se lo impidiese.

A una distancia considerable se cree que estuvo la entrada del camino principal, donde aun hay dos robles con nombre propio, Gog y Magog, que son los supervivientes de aquellos que flanquearían el camino de llegada de los peregrinos hasta el laberinto, siguiendo un alinea miento desde el que se vería sobre la Tor la salida del sol en el solsticio de verano y la puesta en el de invierno. Esa avenida terminaría donde ahora están las Piedras del Druida, también las dos únicas que han permanecido en su sitio.

Y posiblemente ese laberinto a su vez se recorría atravesando un bosque, ya que se cuenta que san Patricio, allá en el siglo V, prometió cien días de indulgencia (tiempo que se ahorrarían de purgatorio) a todos cuantos ayudasen a talar el espeso bosque que cubría la colina.

En el siglo XIII aquí hubo una importante feria que duraba una semana en torno a la festividad de San Miguel, el 29 de septiembre. Algunos nombres de las cercanías rememoran los lugares donde pudieron estar ciertos gremios o lugares de reunión relacionados con aquel gran mercado medieval, como Cinnamon (Canela) Lane, Coursing Batch (relativo al ganado) o Gorsedd, nombre gaélico para designar un lugar de reunión de carácter sagrado. Esta feria sería trasladada siglos más tarde a la ciudad, y ese nuevo enclave sería sustituido hace unos años por un supermercado. Cosa de los tiempos.

Por el interior de la colina hay una serie de túneles y cavidades con estalactitas formados por las corrientes de agua que terminan en el White Spring, ricas en calcio y de flujo continuo, aunque irregular en cantidad. Antes de que el Water Board, compañía encargada de los suministros de agua, cerrase este manantial en un pequeño edificio y hasta le cambiase el nombre, este era uno de los lugares más bellos de Glastonbury, rodeado de árboles y con formaciones rocosas emblanquecidas por los minerales del agua.

No resulta difícil imaginar a los peregrinos saliendo por entre las brumas que surgían de ríos y pantanos cercanos, recorriendo la larga avenida flanqueada de robles y ascendiendo por el laberinto en procesión; tal vez en un anochecer con antorchas en la mano, formando un movimiento serpenteante visto desde lejos. Y los druidas recibéndolos en la cumbre y otorgando bendiciones junto a una gran hoguera, que estaría alineada con otras hogueras de otras colinas sagradas siguiendo una línea recta, llamada el Sendero del Dragón, que algunos extienden a lo largo del mundo, en un largo canal de energía.

LA ABADÍA
La abadía de Glastonbury ahora está en ruinas, habiendo sido la última en ser cerrada por Enrique VIII, tras ser un gran centro de peregrinaje en los tiempos medievales. No en vano aquí estuvo la iglesia más antigua de occidente, más aun que Roma, ya que fue fundada por el esenio José de Arimatea pocos años después de la crucifixión de Jesucristo, sobrino suyo, y que de paso se traería el Grial, que enterraría en lo que hoy es Chalice Well. Posiblemente este lugar era muy conocido por haber sido un importante puerto para los mercaderes del estaño en la Edad de Bronce -posiblemente muchos de ellos procedentes de Tartessos-, cuando este lugar era una isla en medio de las marismas.

En aquellos tiempos, Glastonbury ya era un lugar sagrado y, como hemos visto anteriormente, contaba con una importante escuela druídica. Los druidas y los primeros cristianos solían llevarse bastante bien; no olvidemos la convivencia y el sincretismo que se vivió en la cercana Irlanda, donde se creó el cristianismo celta y alguien como San Columba llamaba a Jesús el Archidruida, o cómo san Patricio explotó la idea de que era un reencarnación del mítico guerrero Cu Chulainn.

La iglesia que edificase José de Arimatea en honor a María sería ocupada en los siglos sucesivos por eremitas, llegando a ser sustituida por la abadía. Cuando Enrique VIII, receloso del poder y riqueza de la Iglesia, mandó disolver los monasterios de todo el país, esta próspera abadía benedictina estaba gobernada por el abad Michael Whyting, de 80 años de edad. Los hombres del rey encontraron al abadía un cáliz que, dijeron, había sido robado del tesoro real. Tal vez para que sirviese de ejemplo, el anciano abad fue colgado en la Tor; después su cuerpo sería cortado en cuatro trozos, que fueron llevados a las cuatro ciudades cercanas más importantes, mientras que su cabeza permaneció en el atrio de la abadía; poco después, este lugar se convertiría en un montón de ruinas. No es de extrañar que de vez en cuando el fantasma del abad se deja ver por estos parajes.

Tras la disolución, la abadía pasó a pertenecer a la Iglesia de Inglaterra (anglicana), aunque actualmente pertenece al organismo Abbey Trustees. La cripta es el lugar más antiguo, y, al parecer, tiene algo especial que le hace idóneo para meditar. La Cocina del Abad es el edificio que se encuentra en mejor estado y en él actualmente un monje explica con muy buen humor en qué consistía la cocina monacal de otros tiempos.

El día de la festividad de san Miguel, puede verse desde la abadía como el sol se pone tras la Tor, de manera que la torre, no olvidemos que dedicada a aquel santo, queda como una silueta alargada tras el disco amarillo.

CHALICE WELL
Otro emplazamiento sagrado de Glastonbury es Chalice Well, el Manantial del Cáliz. Al parecer, mientras que la Tor era un emplazamiento para los druidas, en este lugar había algún tipo de sacerdotisas que cuidaban esta especie de jardín encantado, con un manantial de frías aguas con propiedades medicinales.

Hay quien le llama el Manantial Rojo o Sangriento, ya que el agua, rica en hierro, deja un rastro rojizo por donde pasa. La fuente del manantial se llama Vesica Piscis y cuenta con un símbolo, que también se encuentra en la puerta de entrada al jardín, conectado con la geometría sagrada que representa la dualidad: dos circunferencias unidas, cuya intersección está atravesada por una línea recta. Esta imagen fue diseñada (basándose en otros modelos de la antigüedad) por Frederick Bligh Bond, arqueólogo y vidente que excavó la Abadía a comienzos del siglo pasado, como un símbolo de paz universal.

El agua fluye pura e incontaminada de forma continua y permanente (más de 100.000 litros diarios) a 11 grados, independiente de la temporada o el clima exterior. De hecho, hasta se dice que este agua es ajena al ciclo de evaporación - nubes - lluvia, desconociéndose la profundidad de la que procede. Y hasta hubo tiempos de sequía extrema en los que el único agua que había en Glastonbury era la de este manantial.

Bajo la tapa hay dos cámaras orientadas norte-sur; una de ellas tiene cinco paredes de piedra que parecen guardar cierta similitud con las unidades de medida del antiguo Egipto, por lo que se piensa que pudo servir como lugar de ceremonias de iniciación.

Para beber hay una fuente llamada la Cabeza de León, donde también está uno de los tres espinos (crateagus monogyna praecox) descendientes del que floreció milagrosamente del bastón de José de Arimatea, cuando este lo clavó en tierra al llegar a Glastonbury. Este árbol es originario de Líbano, y echa al mismo tiempo flores (blancas) y bayas (rojas), y justo cuando es tiempo de las dos grandes fiestas cristianas: Navidad y Pascua.

Y de la Cabeza de León, el agua va al jardín del rey Arturo, donde estuvo la piscina en la que se introducían los peregrinos, cubriéndoles todo el cuerpo. En la época victoriana estuvo muy concurrida, ya que entre la nobleza se puso de moda ir a tomar las aguas. Aquella piscina quedó transformada en el actual pequeño estanque donde sólo se pueden meter los pies.

Y de este jardín, el agua baja por unas pequeñas cascadas con formas orgánicas, teñidas por el rastro rojo que los minerales han ido depositando con el tiempo, para acabar en una pequeña balsa con la forma de vesica piscis.

Además de los minerales en suspensión, se atribuyen los poderes medicinales de estas aguas a una fuerza vibratoria relacionada con la energía telúrica. De hecho, Chalice Well está situada justo en la intersección de dos líneas imaginarias que unen, por un lado la Tor y la Abadía, y por otro, la colina de Wearyal Hill, la antigua Ynys Witrin donde recaló José de Arimatea, y los árboles Gog y Magog, los robles a la entrada del viejo camino de los peregrinos.

En Chalice Well hay un tejo cuyo tronco se ha ido transformando en un símbolo vulvar, una forma de representación de la Diosa. En otros lugares del jardín hay otros tejos. Estos eran unos de los árboles sagrados de los druidas, que los consideraban símbolo de muerte y resurrección; los plantaban en emplazamientos ceremoniales y en su calendario representaban la entrada del invierno.

AVALON
Ya hemos visto que en la Tor estaban los druidas mientras que en el Chalice Wells estaban las sacerdotisas. Y si la colina podía ser la entrada al Anwnn, el manantial bien podría ser la entrada a Avalon.

Parece ser que hasta aquí llegaba el mar (ahora está a 24 km) y que la Tor era una isla, Avalon, cuyo nombre significa "isla de las manzanas", de reminiscencia artúrica, ya que ese era un lugar donde descansaban los muertos antes de volver a reencarnarse, y en algunas antiguas culturas las manzanas justamente representaban la inmortalidad. A su muerte, tras la batalla de Camlan, Arturo sería llevado a Avalon, de donde regresará algún día.

Incluso la bruma que suele cubrir esta región, a la que los lugareños llaman la Dama Blanca, rememora a la legendaria niebla de Avalon. Además, este lugar está enclavado en el condado de Somerset, nombre que bien podría aludir el Reino de Verano que soñasen Arturo y Merlín como el lugar donde las cosas podrían ser distintas para los hombres, donde la vida fuese algo más que una lucha continua por la supervivencia.

Según las tradiciones galesas, en Avalon, también llamada isla de los Benditos o los Afortunados, es un mundo femenino donde reinaba el hada Morgana. Algunas leyendas también cuentan que Ginebra, Gwenhyfar en gaélico, fue rescatada de la Tor de Glastonbury, donde estaba prisionera, por Arturo, para lo cual tendría que luchar contra Melwas, de igual modo que Gwynn tuvo que luchar contra Gwythyr para conseguir a Creiddyald. En ambos casos, los héroes, simbolizados por los colores rojo y blanco, deben disputar entre ellos por la representación del sol, que en las tradiciones celtas, y en otras más antiguas, era una entidad femenina. La entrega de Excalibur, que sería forjada en este lugar, a Arturo por parte de la Dama del Lago representaría el paso de la soberanía por línea materna.

Ya a finales del siglo XIII los benedictinos afirmaron haber encontrado las tumbas de Arturo y Ginebra en la capilla dedicada a María; estas tumbas en mármol negro estarían durante siglos en la nave principal de la iglesia, hasta que desaparecieron con las destrucciones que siguieron a la disolución de Enrique VIII.

GWYNN AP NUDD
Una de las más viejas leyendas de Glastonbury asegura que la Tor era la puerta de entrada al Otromundo en que creían los celtas. Esta puerta estaría guardada por Gwynn ap Nudd, que surgiría desde este lugar en la vísperas de nuestra noche de San Juan, dirigiendo la Cacería Salvaje, junto a su jauría de perros, y todos juntos buscarían las almas de los que muriesen recientemente para llevarlos a su mundo subterráneo, donde descansarían en el caldero de la resurrección, no sin que antes Tyronoe, otro de los aspectos de la Gran Madre, obligase a cada uno a mirar en el espejo donde se reflejaban sus más oscuros secretos.

Gwynn significa dragón rojo, y rojo es el dragón que actualmente figura como símbolo del condado de Somerset, de igual forma que lo fue del rey Arturo y de la cercana Gales. Este personaje también está asociado, en antiguos textos, como el Mabinogion, con el control de esta tierra durante los meses oscuros del año, mientras que los luminosos estarían a cargo de su contrapartida, Gwythyr ap Greidyawl, representado por un dragón blanco. Estos lucharían y se relevarían en las fiestas de Beltane (mayo) y Samain (noviembre). Curiosamente, los dos manantiales de Glastonbury tienen aguas rojas (Chalice Well) y aguas blancas (White Spring), y las leyendas cristianas aseguran que José de Arimatea trajo el Grial donde recogió la sangre y el sudor de Cristo.

Como en todos los lugares con tradición férica, hay historias de alguien que logró entrar en esa dimensión por un día y una noche, pero al salir vio que realmente habían pasado años y no podía reconocer a nadie. También se cuenta que un abad de Glastonbury recibió la invitación de Gwynn para visitar su palacio. Este accedió, pero subió al Tor con un frasco de agua bendita. En el palacio había una fiesta con los habitantes del país de las hadas vestidos con sus mejores galas, aunque sólo en rojo y blanco, los colores de fuego y el hielo. El monje rehusó a comer de los manjares que le ofrecieron y en un momento determinado arrojó el agua bendita, evitando así la posibilidad de quedar atrapado en aquel lugar, ya que inmediatamente se encontró solo en la cima de la Tor.

Como el cristianismo acabó considerando diablos a todos los dioses o seres sobrenaturales del mundo pagano, el monasterio de la Tor fue dedicado a san Miguel, el arcángel matador del dragón, otra representación de Satán. Tal como escribió Gregorio el Grande a los misioneros: "los templos deben dejar de ser centro de adoración de demonios para estar al servicio del Dios verdadero. Así, el pueblo, viendo que sus templos no son destruídos, podrá eliminar el error de su corazón y acudirá más libremente a los lugares a los que está acostumbrado".

BRIGET
En Glastonbury estuvieron algunos santos tan carismáticos de la originaria iglesia cristiano-celta como Patricio, Dunstan o Briget. A santa Briget (o Brígida) muchos la asocian con la diosa celta del mismo nombre, una de las representaciones de la Gran Diosa o Madre Tierra. Su nombre unido a Ana, que también venía a representar a la Gran Madre, dio lugar a Britannia, y su imagen aun aparece en los billetes ingleses de 10 libras, con un haz de trigo en una mano.

Briget o Bridie también era una diosa asociada a los manantiales medicinales. En su honor se celebraban las fiestas de Imbolc, cuando se renovaba el fuego sagrado, por lo que era patrona de los orfebres, que transformaban, gracias al calor, minerales brutos en obras de gran belleza. Recientemente ha vuelto a celebrarse el Imbolc por parte de los grupos neopaganos que por aquí habitan, con una gran muñeca representando a Bridie recorriendo varios lugares sagrados de Glastonbury.

La santa cristiana del mismo nombre, nacida en un 1 de febrero, fiesta de Imbolc dedicada a la diosa Briget, vivió aquí en el siglo V en una ermita situada en la Pequeña Irlanda, que después recibiría en su honor el nombre de Cerro de Bride.

LA CIUDAD
Actualmente es una agradable pequeña ciudad con unos 10.000 habitantes, con fama de haber albergado siempre a gente especial. A comienzos de este siglo ya se convirtió en un lugar de reunión de videntes y ocultistas, e incluso en tiempos de la II Guerra Mundial allí se realizaban meditaciones orientadas a acabar con la guerra. En los años 60/70, los hippies inclinados por el lado místico encontraron un terreno abonado donde recalar. Hoy en día, diversos colectivos de vida alternativa la habitan, y las tiendas de las calles centrales son una buena muestra de ello. Y por si la parte mística no fuera lo único que Glastonbury ofrece, los peregrinajes de antaño han sido sustituidos por la llegada masiva de jóvenes que acuden cada verano al festival de rock al aire libre más grande de Europa.

Y en muchos lugares puede leerse la frase más representativa de la ciudad:
May the Spirit of Glastonbury be with you.
Que el espíritu de Glastonbury sea contigo.


artículo publicado en la revista Año Cero / nº 128 / 2001
© Manuel Velasco


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junio 27, 2009

Ría de Arousa


La Ría de Arousa

(Grandes Viajes / 2007)

Manuel Velasco


La Ría de Arousa es la mayor de las Rías Baixas gallegas y está bordeada de bellos parajes en forma de ensenadas, penínsulas e islas, remodeladas a través de los tiempos por el agua y el viento, así como pequeños y grandes pueblos marineros cargados de típismo, pero con la suficiente infraestructura como para hacerla ideal tanto para el turismo de navegación (16 puertos) como para el terrestre.

O Grove hace unos trescientos años era una isla; ahora, un istmo arenoso ha llegado a convertirla en una península. El Paseo Marítimo, casi recién estrenado, impide que las olas sigan rompiendo contra las casas más cercanas al mar. Desde allí pueden verse mariscadores buscando con sus rastrillos, según temporada, almejas o berberechos. Aquí es donde comenzó el cultivo de las vides, por parte de los monjes cistercienses, que con el tiempo han dado lugar al actual vino de Rías Baixas. En la Ensenada do Bao hay un refugio natural de aves, donde llegan a vivir 145 especies distintas, unas de forma permanente y otras siguiendo sus ciclos estacionales, siendo la más representativa la garza real.

En la parte sur, aunque geográficamente no forme parte de la Ría de Arousa, hay que reseñar la playa de A Lanzada, no sólo por ser grande y bonita, sino por sus viejas leyendas que aun perduran, como el "Baño de las Nueve Olas", que es un antiquísimo ritual propiciador de la fertilidad, por el cual las mujeres con dificultades para tener hijos se introducen en las aguas y esperan la llegada de nueve olas seguidas. Claro que los hombres y las mujeres que no quieren tener hijos también pueden aprovechar el ritual mágico, reduciéndolo a siete olas, para combatir varios tipos de enfermedades y conseguir una porción de buena suerte.

Desde O Grove, y tras recorrer un bonito puente blanco adornado con farolas, se llega a A Toxa, isla famosa desde hace tiempo por su balneario de aguas medicinales, buenas para el reumatismo, vías respiratorias y la piel. El descubrimiento de esas propiedades se le atribuye a un burro enfermo, que fue abandonado en la isla para que allí se mueriese; tras revolcarse por las ciénagas durante unos días, su dueño se asombró de verlo "resucitado". Además del balneario, ahora también acude la gente por su casino, sus campos de golf y sus instalaciones naúticas. Aunque no se acuda para un tratamiento, también pueden aprovecharse las propiedades de las sales de sus aguas comprando en su lugar de origen alguno de los productos cosméticos. O, a nivel artesanal, todo tipo imaginable de objetos que pueden confeccionarse con conchas marinas, que ofrecen tanto los tenderetes como los impulsivos vendedores callejeros, frente a cuyo acoso hay que saber armarse de paciencia.

Cambados es la capital del famoso viño Albariño -así se le sigue llamando popularmente, a pesar de que el actual nombre oficial de denominación de origen sea "Rías Baixas"-. A su alrededor pueden verse muchas viñas "verticales", con postes de piedra sosteniendo las parras de uva albariño. Un paseo por las calles del casco viejo permite observar el pasado noble de la villa, con numerosas casas de piedra con blasones y ventanas redondeadas, como el Pazo de Figueroa en la plaza de Farfiñaes.

En Vilagarcía no hay que perderse una visita al Museo Pub, en la céntrica avanida de la Marina, no sólo para beber algo mientras se escucha buena música, como ocurre en este tipo de lugares; aquí se pueden pasar las horas contemplando la curiosa decoración, donde se mezcla lo más tradicional con lo más vanguardista, donde las mesas son los soportes de viejas máquinas de coser, y, por no faltar, hasta hay un pozo de los deseos, donde echar alguna moneda que propicie la buena suerte; ¿por qué no?, al fin y al cabo estamos en una tierra mágica y no hay que desaprovechar la oportunidad por tener la superstición de que ser superticioso da mala suerte.

Llegamos a Vilanova, desde donde, tras contemplar desde el mirador de Lobeira un maravilloso panorama de toda la ría y de tierras del interior, pasamos a la isla de Arousa, que ya era un lugar importante en la época romana por sus salinas. Está unida al continente por un puente de dos kilómetros de largo. Al lado del puente está la playa de O Bao, de arena fina y lo suficientemente extensa como para que los amantes de la tranquilidad no sientan agobios. La mayoría de los habitantes de la isla viven del mar, pescando o mariscando: bajo el puente pueden verse, dependiendo de los días y las horas de las mareas, a cientos de mujeres mariscadoras recogiendo almejas con un cubo y una pequeña azada; cuando acaben su trabajo irán a la lonja, donde les pagarán tras pesarle la mercancía conseguida. Muchos de sus maridos estarán pescando cerca de allí desde sus dornas, pequeñas embarcaciones autóctonas movidas a vela.

Continuamos hacia Catoria, donde la ría se une al río Ullá, que, por ser navegable, fue una importante vía de comunicación con Santiago de Compostela. Aquí destacan las ruinas de las torres del Oeste, restos de las siete torres originales que sirvieron como baluarte para defender o al menos prevenir los ataques de los musulmanes y vikingos que de vez en cuando asolaban la región. Precisamente los saqueos vikingos han originado mil años más tarde una de las fiestas gallegas más originales: la Romería Vikinga, celebrada el primer domingo de Agosto.

El viaje termina en Padrón, ya en la provincia de La Coruña, rodeado de maizales y viñas. Fue el lugar de nacimiento de Rosalía de Castro y allí está la casa-museo. La tradición cuenta que hasta aquí llegó la barca con los restos del apostol Santiago desde Palestina; el pedrusco o pedrón donde amarraron la barca dio origen al nombre de la población.

Artículo publicado en la revista Grandes Viajes - 1997
© Manuel Velasco

junio 24, 2009

Windsurf en Tarifa


WINDSURF EN TARIFA

(Grandes Viajes/1997)
Manuel Velasco


Hace tiempo la gente se iba de Tarifa por el viento incesante que allí sopla; ahora, ese mismo viento atrae a miles de locos aficionados al windsurf desde hace unos 10 años. El filón inagotable del viento ha dado una nueva vida al pueblo durante todo el año, aunque la temporada alta sea entre febrero y junio, que es cuando soplan los mejores y más veloces levantes y ponientes en esta puerta abierta entre el Atlántico y el Mediterráneo.

En este lugar de peregrinaje deportivo, situado en el punto más meridional del continente europeo, pueden verse caras curtidas por los vientos de muchos mares, gentes capaces de cruzar media Europa o medio mundo si hace falta, muchos de ellos arrastrando su propio equipo, que es sagrado. Los windsurfistas más numerosos son los alemanes, seguidos por los franceses. En la temporada alta, algunos llegan en avión para pasar solamente el fin de semana. También los hay que se alquilan un apartamento por varios meses e incluso los que se quedan a vivir aquí definitivamente.

Son expertos en esa jerga exclusiva a base de palabras inglesas que sólo los iniciados saben comprender, como fun (saltar, surfear, deslizarse a altas velociades), jibe (trasluchada, hacer un giro sin pararse), toble-top (dejar la tabla del revés en un un salto) o cut back (retomar una ola).

Tanto los spots como los alojamientos se encuentran divididos entre Tarifa y la zona situada entre los kilómetros 50 y 80 de la Carretera Nacional 340 Cádiz-Málaga. En total hay 16 spots donde el mar se llena de velas transparentes ribeteadas con franjas de vivos colores. La mayoría de ellos sólo son recomendados para expertos, debido a la fuerza del viento.

Para los no iniciados diremos que el equipo de windsurf se compone de la tabla, que, según el uso que se le vaya a dar puede ser fun, custom o polivalente, los aparejos (botadura, palo, alargos, pie de mástil y vela) y los accesorios (casco y traje de neopreno). En la calle Batalla del Salado, que es la entrada a Tarifa, y en algunas colindantes, se encuentran las tiendas especializadas en este material, como Custom Boards, Hotstick, No Work Team; allí pueden encontrarse las últimas novedades de las más prestigiosas marcas.

Los días de viento especialmente fuerte pueden verse tablas y velas flotando solas entre las olas lejos de sus dueños. Para reparar las posibles roturas de equipo hay varios talleres especializados; para las lesiones personales, hay un médico que se anuncia como especializado en medicina deportiva y windsurf.

Tarifa es un pueblo pequeño. Por la noche resulta muy agradable pasear por el laberinto de calles estrechas y blancas, y no resulta dificil encontrar los pequeños locales donde cenar o tomar unas cervezas mientras se escucha buena música: Bistro Point, El Rincón de Juan, Soul Café, la Cabaña de Ana, la Bodeguilla El Sótano.

Aunque hay lugares que pasan por ser los favoritos a juzgar por la afluencia de gente, como el bar-mesón Al-Zokak, al lado de la plaza de Toros. Su decoración andaluza se ha hecho célebre, sobre todo entre los alemanes desde que descubrieron las delicias del rabo de toro, especialidad de la casa. Otro lugar de visita obligada es el Café Central, cerca de la iglesia, que hace las veces de bar-restaurante-pub, según la hora del día. Cerca de este también se encuentra el restaurante-bar Morilla, con buenos platos de pescado, y Ali Babá, con comida árabe.

LOS MEJORES SPOTS DE TARIFA

- PLAYA CHICA. Usada para windsurf en invierno, ya que en verano está prohibida para este fin, debido a la continua entrada y salida de barcos del cercano puerto. Buen levante con la marea alta, incluso cuando en los demás spots no sopla. Indicado para expertos, debido a la proximidad de rocas.

- CAMPO DE FUTBOL. A la salida del pueblo por la C.N. 340. Es ideal para "speed" cuando sopla levante fuerte; aquí se han batido records mundiales de velocidad en mar abierto.

- EL BALNEARIO. En la carretera hacia la isla de Tarifa. Sólo recomendada a muy expertos porque la corriente proxima a la isla es muy fuerte y el levante viene muy de tierra, además de haber rocas cerca de la orilla.

- RIO JARA. Se accede a través del camping Rio Jara, en el km. 80 de la N-340. Soplan levante y poniente a partes iguales. El acceso es sólo para los clientes del camping.

- WAVE. En la N-340, un poco antes del hotel Dos Mares. En verano hay muchos bañistas, pero es el mejor lugar para principiantes.

- DOS MARES. En el hotel del mismo nombre, donde se encuentra la escuela Big Sport Center, con servicio de rescate. Es bueno para iniciarse.

- EL MILLON. N-340, entrando por el hostal El Millón, detrás del hotel Dos Mares. Especialmente recomendado en invierno, ya que en verano suele estar atestado de bañistas.

- CAMPING TARIFA. N-340, Km 78,8. Bueno con marea alta, ya que con la baja está el peligro de las piedras cercanas a la orilla. Se accede a través del camping.

-TARIFA 500. N-340, Km 77,2. También tiene problemas con rocas. El levante sopla fuerte con la marea alta. Amplio parking cerca de la playa.

- CLUB MISTRAL - HOTEL HURRICANE. N-340, Km 77. En el hotel está la escuela de windsurf Club Mistral. Hay servicio de rescate.

- TORRE DE LA PEÑA I. N-340, Km 76,5. Mucha afluencia. Acceso exclusivo para clientes de los campings Torre de la Peña I y II. Hay servicio de rescate. Hay que tener especial cuidado con el espigón de rocas frente al chiringuito, que queda tapado con la marea alta.

- SPIN OUT. N-340, Km 74. A la altura del camping Torre de la Peña II. Muy frecuentado en verano. Acceso libre para los clientes de los dos campings Torre de la Peña, los demás deben pagar para entrar.

- EL PORRO. N-340, Km 74. Se accede por la venta El Porro. Poniente térmico en verano más fuerte que en los demás spots. Muchos bañistas en verano.

- PUNTA PALOMAS - LAS DUNAS. N-340, Km 73. También frecuentado por bañistas en verano. Buen poniente térmico en verano.

- BOLONIA. N-340, Km 70. Vientos más moderados que en los spots cercanos a Tarifa. Hay chiringuitos abiertos en verano. En las inmediaciones están las ruinas romanas de Baelo Claudia.

- ATLANTERRA. Situado en la playa del mismo nombre, a 12 km del cruce en el Km 53,3 de la N-3340. La lejanía hace que sea muy tranquilo.


artículo publicado en la revista Grandes Viajes / 1997
© Manuel Velasco

junio 23, 2009

Lisboa



LISBOA

artículo publicado en la revista mexicana GeoMundo (Dic 95)

Manuel Velasco


Hubo una época en que Lisboa fue la metrópolis de un imperio repartido por todos los continentes. El tiempo ha pasado, pero, aunque cada capítulo de la historia nos recuerda lo efímero de la mayoría de las acciones humanas, aun persiste en la ciudad cierto deje de altivez y cierta nostalgia por aquel período de grandes proyectos y esforzados hombres. El ineludible cambio ha sido lento y hasta doloroso a veces, pero ninguna ciudad viva puede pretender ser una especie de Peter Pan que se empeñe en perpetuar las gloriosas circunstancias de una época colonial ya definitivamente perdida.

Y tal vez sea debido a esa profunda onda nostálgica por lo que Lisboa aún no se ha entregado a la tremenda vorágine que la modernidad ha impuesto a otras ciudades europeas. Aparentemente, sólo los ligeros aspavientos del puente 25 de Diciembre, el elevador de Santa Justa o las torres de Amoreiras rompen la imagen de aquella ciudad renacentista, sin que lleguen nunca a anular la fuerte personalidad que irradia cada calle, cada plaza o cada parque lisboeta.

El castillo de San Jorge, que fue el núcleo originario de la ciudad, es el mejor lugar para contemplar Lisboa en toda su extensión. Conviene ir varias veces y a distintas horas para contemplar desde sus almenas árabes el efecto que producen los distintos cambios de la luz sobre la panorámica de la ciudad. Lisboa entera compartida por la tierra, el mar y el cielo, desde los viejos tejados de las casas cercanas hasta las desafiantes alturas de hierro y cristal que se divisan en la lejanía.

El río Tajo (aquí convertido en Tejo), recorre tranquilo y majestuoso sus últimos metros antes de entregarse al océano. En la otra orilla se encuentra Cacilhas, a la sombra y amparo de Cristo Rey -una versión del Pan de Azúcar, de Río de Janeiro-, desde donde salen los autobuses para las playas de Caparica o hacia los bonitos pueblos marineros de más al sur, como Sesimbra o Setubal. El viaje de regreso a Lisboa es especialmente cautivador cuando, bajo el crepúsculo, la ciudad se sumerge en un mágico claroscuro y las últimas luces se reflejan, rojizas y tenues, a lo lejos, sobre la superficie acristalada de Amoreiras, que, en la perspectiva que da la distancia, parece competir frente a frente con las blancas cúpulas iluminadas de la basílica de la Estrella.

Durante las horas punta, en los transbordadores -llamados cacilheiros- se produce un tumultuoso trasiego de trabajadores entre la capital y las ciudades dormitorio del otro lado del río. Estos trabajadores tienen la suerte de hacer sus rutinarios viajes ante el espectáculo fascinante e inigualable de la salida o la puesta de sol sobre las aguas del estuario, en un panorama tan hermoso y tan distinto al que tienen que afrontar otros compañeros menos afortunados, que van y vienen a través del frío mundo subterráneo del metro o la gris perspectiva de una carretera atestada de vehículos. Los más afortunados contarán además con el acompañamiento musical de un viejo acordeonista ciego que desgrana sus canciones ayudado a la armónica por su lazarillo.

A la hora de comer, puede ser algo complicado encontrar un lugar donde hacerlo. Y no es porque haya pocos restaurante, que los hay en cantidad, si no porque suelen ser pequeños y se llenan enseguida. Pero una vez conseguida la mesa, la recompensa justifica la espera. Y no hay que darle demasiada importancia a la categoría que ostente el restaurante; en cualquiera de ellos, la comida será buena, en raciones abundantes y con elementos frescos y sencillos. A recomendar el bacalao en sus múltiples variedades (según dicen, 365 distintas, una para cada día del año). El vino puede pedirse por cuatro colores: tinto, rosado, claro y verde. Como postre, puede probarse alguno de los dulces a que tan aficionados son los portugueses, como los doces de ovos hechos básicamente de yema de huevo, azúcar y canela, y que, debido a su tradición monacal, llevan nombres como tocino de cielo, barriga de monja o mejillas de ángel.

Posiblemente, los restaurantes más típicos sean los de Alfama, el viejo barrio marinero, donde asan el pescado en la calle y lo sirven en minúsculos comedores donde apenas caben unas pocas mesas. Para llegar hasta allí, hay que acudir bien dispuesto para subir y bajar callejuelas estrechas, empinadas y sinuosas, en una especie de laberinto adornado con macetas y ropa puesta a secar, donde no importa demasiado perderse plácidamente durante unas horas, sobre todo si la visita coincide con alguna de las fiestas populares que allí se celebran al aire libre, con olor a sardinas asadas, regadas con los vinos de la tierra y acompañadas por el desgarrado canto de los fados que salen del corazón. Estas canciones típicamente portuguesas requieren penumbra y silencio en los lugares donde las interpretan y los textos suelen estar cargados de nostalgia y de desamor.

Si es martes o sábado, la visita a Alfama puede extenderse hasta el cercano Campo de Santa Clara donde se instala la feria de ladra (mercado de los ladrones), mercadillo con nombre capcioso que en su tiempo hacía referencia al dudoso origen de las mercancías allí expuestas. Independientemente de los deseos que se tengan de preguntar, regatear y tal vez comprar, puede disfrutarse del habitual bullicio y colorido de este tipo de lugares. Aunque cualquier día es bueno para que Lisboa se constituya en un perfecto mercado para los vendedores callejeros, donde cientos de ellos ofrecen a voces su mercancía (lotería, pescado, hortalizas, artesanía, flores), sin olvidar a los típicos castañeros con su carritos de horno humeante.

La caída de la tarde es un momento ideal para visitar alguno de los cafés, como Nicola o A brasileira, lugares tradicionales de artistas y tertulias. A la puerta de este último, la estatua en bronce de Fernando Pessoa (el poeta que más amó a Lisboa), a tamaño natural y sentado en una silla, parece contemplar con expresión imperturbable y escéptica a los turistas que se hacen la inevitable foto-recuerdo a su lado.

Cerca de allí, las obras de reconstrucción del Chiado, el barrio lisboeta más entrañable, prosiguen con lentitud después de los años transcurridos desde su incendio. La mayoría de los trabajadores son de color. Y es que hay aquí miles de portugueses nacidos en Cabo Verde, Mozambique, Timor o cualquiera de las antiguas colonias, que llegaron huyendo de la guerra o simplemente porque eligieron vivir en la metrópoli ante la incertidumbre del nuevo rumbo de su tierra natal tras la independencia. No faltan voces aisladas de carácter racista, pero no parece ser este un problema considerable entre un pueblo tradicionalmente tolerante.

Hay dos símbolos artesanales que representan una de las imágenes más características de Lisboa y que se han quedado un tanto rezagadas en su uso. Por un lado, los azulejos, cubriendo paredes y muros de palacios, iglesias o jardines, cuyas temáticas, colores y formas fueron transformándose con el tiempo, dependiendo al principio de influencias foráneas hasta conseguir su propio estilo en la época de mayor cosmopolitismo. Es por eso que su visión actual constituye un repaso por la historia, costumbres y gustos de cada época, algo así como asistir a una crónica de Portugal a través de sus azulejos.

Y si este símbolo se encuentra sobre las paredes, el otro está bajo los pies, en las plazas y calles principales: El arte de los calceteiros que, combinando con destreza trozos blancos y negros de piedra calcárea, forman las características figuras que pavimentan tantas calles de Portugal y de las antiguas y actuales colonias, desde Brasil hasta Macao. En otros tiempos, fueron los presos quienes pavimentaron la plaza del Rossio intentando reproducir las ondulaciones del mar.

Además de los diversos museos e iglesias, muy abundantes en Lisboa, el visitante no debe perderse la Estufa fría. Es este un espacio verde, relajado y agradable, lleno de exóticas plantas llegadas desde los más diversos lugares del antiguo imperio. Aquí se experimenta la sensación de encontrarse en medio de un bosque tropical aderezado con algún toque humano en forma de puentes o estatuas. El techo está cubierto por un enrejado de tablillas de madera que permiten la ventilación sin que entren los rayos solares. Algunas plantas han crecido tanto que sus extremos sobresalen por este techo como buscando un aire distinto al habitual, aunque el que encuentren sea más sucio y enrarecido, de igual forma que algunas personas cambian de lugar y forma de vida y no siempre para mejorar.

Un poco alejados del centro encontramos tres monumentos muy representativos de Lisboa. El monasterio de los Jerónimos, de estilo manuelino (este estilo se caracteriza por el uso de la piedra, con profusa decoración a base de elementos marítimos y heráldicos; su nombre se debe al rey Manuel I), donde se encuentran enterrados dos grandes héroes nacionales: el navegante Vasco de Gama y el escritor Luis de Camoes. La torre de Belém, lugar desde el cual partían los barcos hacia sus exploraciones por todos los mares del mundo. Y el monumento de los Descubrimientos, homenaje reciente a los hombres que dieron lugar al gran imperio.

Y así Lisboa, donde es posible la convivencia entre las tiendas familiares y oscuras frente a los grandes centros comerciales, prosigue su camino hacia el futuro, intentando día a día el precario equilibrio entre costumbrismo y progreso, sin que el uno impida el necesario desarrollo y el otro la convierta en una ciudad despersonalizada.

UN PASEO EN LINEA RECTA

Lisboa es una ciudad donde resulta muy agradable pasear. Como muestra, valga esta proposición que comienza en la plaza del Comercio, al lado del río Tajo. Esta es una amplia plaza cuadrada, presidida por la estatua ecuestre del rey Don José I, donde se encuentra el impresionante edificio del Ayuntamiento. Pasamos bajo el Arco del Triunfo y encontramos tres calles peatonales (Augusta, Prata y Franqueiros) que discurren paralelas hacia el centro de Lisboa. Esta es la clásica zona comercial de la ciudad, habitualmente llena de transeúntes y turistas; procurar evitar las horas de entrada y salida de las innumerables oficinas de esta zona, que pueden llegar a hacer el paseo agobiante. Antes de llegar al final de estas calles, encontramos a la izquierda la metálica estructura del elevador de Santa Justa, construido para salvar el gran desnivel existente entre dos zonas de Lisboa y que también sirve como mirador desde contremplar una buena panorámica.

Continuando el paseo, llegamos al centro popular de la ciudad, la plaza de Don Pedro IV, llamada normalmente del Rossio. Aquí se celebraron corridas de toros y ejecuciones públicas, pero ahora está siempre muy concurrida por todo tipo de gentes y dispone de tiendas, hoteles, cafeterías y hasta la curiosa estación de ferrocarril, con unas interesantes puertas de estilo manuelino en forma de herradura; para llegar a los andenes hay que subir varios tramos de escaleras automáticas por las misma razón que existe el elevador de Santa Justa.

Tras pasar por la plaza de Restauradores, llegamos a la avenida de la Libertad, un bulevar de noventa metros de ancho y kilómetro y medio de largo, flanqueada a ambos lados por árboles, jardines, estatuas y estanques, además de teatros, cines o cafeterías con terrazas al aire libre. Por fin, llegamos a la plaza del Marqués de Pombal, también llamada Rotonda, con el monumento dedicado a este popular estadista que reconstruyó Lisboa, sobre todo la zona que estamos recorriendo, tras el gran terremoto que la asoló a mediados del siglo XVIII. En esta plaza convergen cinco avenidas, pero continuamos hacia adelante y hacia arriba por el parque de Eduardo VII, que conmemora la visita de este monarca inglés a Lisboa a principios de siglo. Desde el mirador superior podemos contemplar los jardines de este parque con sus setos recortados geométricamente y tras ellos un perfecto panorama de todo este recorrido con el puerto al fondo.

artículo publicado en Geomundo/1995
© Manuel Velasco

junio 14, 2009

Copenhague

COPENHAGUE

Una travesía entre Carlsberg y la Sirenita

Manuel Velasco / Historia y Vida


Copenhague es una ciudad de tamaño humano. Sus distancias nunca excesivas y la falta de contaminación la hacen fácil de recorrer por el viajero que disfruta caminando por las calles observando la vida, la gente y la historia. Bajo este punto de vista, vamos a hacer un recorrido por el pasado y el presente de Copenhague caminando casi en línea recta entre dos de los mayores símbolos de la ciudad: Carlsberg y la Sirenita.

Comenzamos por la Nueva Cervecería Carlsberg. Como veremos, esta fundación es mucho más que una factoría cervecera. A mediados del pasado siglo, J.C. Jacobsen abrió la cervecería a las afueras de Copenhague y le puso el nombre de su hijo Carl, que sería quien continuase y ampliase el proyecto original. No vamos a hablar aquí de la cerveza, pero sí vamos a resaltar algunos aspectos históricos.

Primero visitamos la destilería original con su calderas de cobre resplandeciente. En los viejos tiempos, a los trabajadores se les facilitaba un lugar destinado a vivienda, pero tenían unas normas muy estrictas, sobre todo en lo referente a salir de noche; quien las incumplía debía pagar una multa a un orfanato cercano. La Mansión de Honores es un bonita villa con jardín donde la actual Fundación Carlsberg invita a vivir a alguien que haya sido elegido por su contribución especial en arte, literatura o ciencia a la sociedad danesa. El elegido puede vivir allí de por vida (y puede beber toda la cerveza que quiera). Hasta ahora se han alojado aquí un filósofo, un físico nuclear, un arqueólogo, un astrónomo y un profesor de chino. Varias salas de otro edificio contienen una colección de 11.600 botellas procedentes de la donación de un coleccionista particular; este coleccionista vive aun y sigue llevando las botellas que encuentra por sus viajes por el mundo. En otras salas bellamente decoradas están algunas obras de la colección original de arte de Carl Jacobsen, así como los retratos de los trabajadores que han permanecido en la empresa por más de cincuenta años. Y no nos podemos ir sin resaltar el aspecto ecológico de la factoría. Aquí no usan lats, sólo botellas, de las que se recuperan el 99,4% para ser reusadas 33 veces; después de este período, reciclan el cristal para hacer nuevas botellas. También han reducido de 3 a 1,4 los litros de agua necesarios para producir cada botella de cerveza.

Dejamos la cervecería por la impresionante Puerta de los Elefantes. Los bustos de Carl y su esposa Ottilia parecen asomados a un mirador con arcos, como contemplando para siempre su obra. Y más arriba aun, el dios nórdico Thor, protector de los mortales, arremete contra imaginarios gigantes desde una cuádriga tirada por cabras rampantes. En las ruedas luce una esvástica que, teniendo en cuenta el año en que se hizo la escultura, no puede tener ninguna connotación nazi; simplemente era un símbolo ya utilizado por antiguas culturas.

Continuamos nuestra travesía de Copenhague por Vesterbrogade, calle por la que llegamos al Museo de la Ciudad. A la entrada vemos una maqueta de Copenhague tal como era en 1530. Había sido fundada unos cuatro siglos antes, siendo sólo un pequeño puerto de pescadores, por el obispo-guerrero Absalón. Los piratas que periódicamente atacaban este lugar vieron como las cabezas de sus compañeros capturados colgaban de las murallas del castillo. En la maqueta lo vemos con la forma redondeada que debió tener el original, que contrasta en tamaño y colores con las casitas que se distribuyen por el resto de la ciudad entre canales y trozos de bosque. Este castillo ha sido reedificado varias veces a lo largo de los siglos y actualmente es la sede del Parlamento danés.

A modo de pequeño resumen, podemos decir que la ciudad fue creciendo hasta el siglo XVIII, que fue especialmente nefasto por la peste que se llevó un tercio de la población y por tres grandes incendios; la mala fortuna se extendió hasta comienzos del siglo siguiente, cuando fue bombardeada por los ingleses. Pero de estos escombros surgió la "Edad de Oro", representada por Kierkeggaard, Hans Christian Andersen y el escultor Thorvaldsen. En 1940 fue invadida por los nazis. El rey Christian X salía todos los días a caballo sin guardia y se mezclaba con los suyos en señal de solidaridad.

Por cualquier calle que pasemos, podemos comprobar que Copenhague es un lugar ideal para los que disfrutan de la bicicleta. Pueden verse sobre ella tanto niños que van a la escuela como ejecutivos trajeados que van a su oficina. Muchas calles tienen un carril especial para ciclistas y a veces hasta semáforos específicos para ellos. En 1995 se inició un proyecto de la ciudad, con ayuda de algunas marcas comerciales, para facilitar bicicletas gratuitas a los turistas; se encuentran en ciertos lugares y sólo hay que introducir una moneda recuperable, como en los carritos de los supermercados. Quienes lo deseen pueden alquilar una y hacer escapadas por los alrededores; el terreno es bastante llano y los pueblos, muy cercanos entre sí, están separados (o unidos) por verdes bosques y carreteras con carril especial. Si llueve, no hay problema; el próximo autobús que pase parará y el conductor se bajará para subirla al techo. Los trenes también disponen de un espacio para llevarlas y existen publicaciones oficiales especializadas en circuitos y viajes organizados.

Pero de momento, seguimos andando por Vesterbrogade y después de pasar junto a la Estación Central de Ferrocarril, llegamos al Tívoli, que sin duda es el lugar que causa más orgullo a los habitantes de esta ciudad. Curiosamente, leído al revés es "i lov it" (más o menos, yo lo quiero). Fue construido en 1843, por Christian VIII, uno de los últimos monarcas absolutos de Europa, donde antes estaban las murallas de la ciudad,. Dicen algunos que fue para distraer la atención de los ciudadanos sobre los problemas que atravesaba Dinamarca. Historias como esa se pueden encontrar en cualquier país; pero ya no importa el motivo: los problemas pasaron y el Tívoli permanece ahí para disfrute de todo el que quiera acercarse.

Además de las numerosas atracciones de feria, cuenta con bastantes restaurantes de todo tipo, numerosos espectáculos, conciertos, desfiles, estanques y hasta un museo de hologramas. A ciertas horas desfila la Guardia Infantil, compuesta por unos jóvenes que reciben educación musical como intercambio por su trabajo; según la tradición, muchos de ellos irán a parar a las distintas orquestas sinfónicas del país o a la banda de la Guardia Real. Después de dar algunas vueltas por el recinto observando los lugares donde más se concentra la gente, puede verse el gran amor de los daneses por asuntos tales como el circo, el jazz, las bandas de música, la cerveza y los helados. Aquí se enorgullecen de no ofrecer música enlatada ni luces de neón; tal vez por eso conviene ir al anochecer cuando el recinto adquiere su carácter más mágico al encenderse las luces artificiales (110.000 bombillas, con una persona encargada únicamente de su reposición) que se mezclan con el crepúsculo y parecen intentar reproducir el encanto de las costelaciones.

A la salida del Tívoli y bajando por el bulevar de Hans Christian Andersen volvemos a encontrar la huella de Carl Jacobsen. Se trata de la Ny Carlsberg Glyptotek, que se formó cuando la colección particular del cervecero fue lo suficientemente grande como para necesitar un espacio más amplio y adecuado para su obras. Tras pasar por el jardín cubierto de la entrada, con estatuas y plantas exóticas, nos adentramos por las distintas salas que cuentan con unas interesantes muestras de esculturas griegas, romanas y egipcias, además de tener la mejor colección de arte etrusco fuera de Italia. El segundo piso está destinado a cuadros impresionistas franceses y daneses de la llamada "edad de oro". Carl donó esta colección al pueblo danés en 1888.

Volvemos sobre nuestros pasos hacia la plaza del Ayuntamiento, en cuyo edificio destaca la estatua del obispo Absalón, en cobre y oro. En las cercanías se encuentra la estatua de "los tocadores de lur", y acerca de ellos el clásico chiste danés de que si algún día pasara por allí alguna virgen la música saldría de sus antiguos instrumentos de viento sin ninguna dificultad.

Continuamos unos pasos para entrar en Stroget. Más que una calle es el resultado de unir las cuatro distintas que van desde la plaza del Ayuntamiento (Radhuspladsen) hasta la Nueva Plaza Real (Kogens Nytorv). Es zona peatonal desde 1961 y constituye la arteria más viva de la ciudad. Aquí está, a lo largo de un kilómetro, todo el ambiente "de tiendas" que tiene cualquier capital: grandes almacenes, tiendas exclusivas, tenderetes de artesanía, cafeterías, músicos callejeros y mucha gente paseando. Quienes sean compradores caprichosos y dispongan de dinero suficiente les va a resultar muy difícil resistir la tentación; aquí van a encontrar todas las justificaciones del mundo para llevarse joyas de ámbar o plata, finos trabajos de porcelana o cristalería o los más modernos diseños en objetos de uso cotidiano. Cuando finaliza el horario de tiendas parece que se acaba la vida de la ciudad; en Stroget un poco menos, los bares y cafés siguen abiertos y aun es posible participar en el espectáculo callejero de ventrílocuos, vendedores de abalorios, músicos de diversas étnias, dibujantes.

Dejamos momentáneamente Stroget para adentrarnos, a mano izquierda, por la Kobmagergade, que nos servirá para visitar dos lugares interesantes: la Torre Redonda y el Erótica Museum.

La Torre Redonda (Runde Tarn) fue construida por Christian IV en 1642 para que sirviese como observatorio a los estudiantes de la cercana universidad. Aunque parece ser que lo hizo después de haber destruido el que tenía el astrónomo Tycho Brahe, para demostrar que lo había hecho por motivos personales contra el científico y no contra la ciencia. Por dentro, subimos por una ancha rampa en espiral que lleva cómodamente hasta los 35 metros de altura de la torre. Esta misma rampa la subió el zar Pedro el Grande a caballo, seguido por su esposa en carroza. En el mirador circular hay un tramo en el que destacan sobre los tejados de la ciudad las torres y agujas de cobre que el tiempo ha teñido de verde, como la iglesia de Nuestro Salvador, con una curiosa escalera exterior en espiral; la iglesia de San Nicolás, reconstruida tras sufrir un importante incendio, que ahora es utilizada para exposiciones y actos sociales; las cuatro colas de dragón entrelazadas que forman la aguja de la antigua Bolsa, diseñada por el mismo Christian IV cuando los barcos mercantes llegaban hasta allí por uno de los canales; y Christianborg, que es el sexto castillo construido en este lugar desde que el obispo Absalón mandara edificar el primero de ellos.

El Erotica Museum se anuncia como una muestra de la vida amorosa del Homo Sapiens. Vamos a detenermos más en él porque no es fácil encontrar un museo de estas características en otra ciudad del mundo. La visita empieza con la reproducción de una escena de Fanny Hill, libro que ocasionó duros debates y que motivó que en 1963 fuese abolida la ley contra la pornografía en Dinamarca. Tras una colección de amuletos fálicos orientales y unas curiosas miniaturas donde el autor ha interpretado muy libremente algunas frases célebres, como "mi casa está donde esta mi sombrero" o "haz el amor y no la guerra", encontramos fotos con desnudos de finales del pasado siglo y principios de este, algunas muy artísticas con influencias pictóricas.

Colgada de una pared también vemos la foto del último burdel de Copenhague, fechada en 1906, que muestra cinco señoras orondas y completamente tapadas por amplios vestidos. Si normalmente una imagen vale más que mil palabras, no es este el caso; nada en la foto hace sospechar de qué se trata. Hoy en día, las cosas están más claras. Basta con consultar la publicación oficial y gratuita "Copenhaguen this week", con una sección de 6 páginas de anuncios a todo color que ofrecen sus servicios bajo el nombre de "scort", o acercarse a las calles alrededor de Istedgade, al oeste de la estación central, con sus sex-centers que, ya desde los escaparates, ofrecen todo tipo de objetos, así como publicaciones o videos que muestran todas las variantes posibles de sexo con personas, animales o cosas.

Continuando con el museo, en el segundo piso hay una pequeña sala donde se proyecta en vídeo viejas películas en blanco y negro hechas con más entusiasmo que medios; tal vez por eso resultan más interesantes de ver que la pared de otra sala con 12 vídeos distintos que muestran simultaneamente escenas de películas pornográficas actuales, con primerísimos planos y posturas exageradas. Entre el primer y el segundo piso hay un abismo de años y de forma de entender la vida. Entre la ingenuidad de los viejos grabados y la hiperrealidad de los videos actuales media algo más que la técnica y los inventos; los principales factores que hay en uno y faltan en otro son el humor, la imaginación, la sutileza -rasgos humanos al fin y al cabo- que dejan reducida a la moderna pornografía a poco más que ejercicios gimnásticos.

En fin, Copenhague también es esto. Dejamos la carne real o imaginaria y volvemos a Stroget para hacer el último tramo de la calle hasta Kogens Nytorv. Esta es la plaza más grande de la ciudad; sobre ella desembocan doce calles y una de ellas es nuestro siguiente destino: Nyhavn, el Puerto Nuevo. Es la zona más antigua de la ciudad que aun permanece en pie. Los viejos almacenes y graneros portuarios han sido transformados en modernos hoteles y edificios de apartamentos conservando las fachadas originales que le hacen mantener a la calle su aspecto marinero desde hace dos siglos. El toque moderno lo dan las luces de neón multicolores, las antenas parabólicas y los bares con terraza. En las noches de los fines de semana veraniegos, mucha gente permanece aquí hasta el amanecer bebiendo cerveza. Ya no es la zona de baja estofa que suelen tener todas las ciudades portuarias; de esta se llegó a decir que albergaba todos los vicios. Ahora, además de observar los innumerables veleros y yates atracados en el canal, puede uno reponerse en alguna de las cervecerías o restaurantes o echar una ojeada a alguna de las tiendas de antigüedades e incluso puede mandar hacerse un tatuaje. El tatuaje está aquí reconocido como una de las Bellas Artes y dejó de ser algo para "gente dudosa" desde que el anterior rey, Federico IX, hizo tatuarse un barco en su espalda en uno de los locales que aun permanece abierto.

A una corta distancia se encuentra Amalieborg, un palacio compuesto de cuatro edificios presididos en el centro por la estatua ecuestre de Federico V, donde se trasladó la familia real cuando su residencia en el palacio de Christianborg sufrió un incendio. Cuando la bandera está izada, la reina se encuentra en el palacio y el cambio de guardia será muy espectacular.

Y llegamos al final de este recorrido por el pasado y presente de Copenhague con el símbolo de la ciudad: la Sirenita. Nació del cuento homónimo de Hans Chistian Andersen y está emplazada encima de una roca que emerge del agua. Es difícil encontrar alguna hora en que no esté acompañada por decenas de turistas que inevitablemente se harán la foto-recuerdo con ella de fondo. Pero la actual Sirenita no es la estatua original, ya que a aquella le cortaron la cabeza en el 64 un grupo de gamberretes iconoclastas y hubo que hacerse una copia en los moldes originales, que aun se conservaban.

Como último detalle, es preciso decir que la Sirenita fue donada a la ciudad por Carl, el cervecero, en 1913. Comenzamos y terminamos nuestra travesía con su legado, como si hubiésemos cerrado un círculo caminando en línea recta. Ojalá hubiese más como él.

Artículo publicado en la revista Historia y Vida / Julio 1996
La versión completa está en el libro Territorio Vikingo
© Manuel Velasco

Estocolmo


ESTOCOLMO

Manuel Velasco / Geomundo


No todos están de acuerdo acerca del significado del nombre de esta ciudad. Para algunos Estocolmo significa "isla amurallada", para otros, "islote entre los troncos", debido a los palafitos en que vivieron los primeros pobladores alrededor del conjunto de islas situadas entre el lago Malar y el mar Báltico.

En la actualidad, Estocolmo es un hermosa y extensa ciudad que desconoce esa contaminación imperativa en cualquier otra ciudad más hacia el sur; aquí conviven barrios medievales con modernos edificios esféricos, de la misma manera que la prosperidad material no está reñida con el respeto a la naturaleza y el siempre sorprendente sol de medianoche cede su paso a los grisáceos días invernales No es de extrañar esta unión de extremos; ya uno de los suecos más universales, Alfred Nobel, unió el destructivo invento de la dinamita con los filantrópicos premios que llevan su nombre.

También en este contexto puede observarse a la multitud de etnias que actualmente conviven en la ciudad y que se hace bien patente caminando por las calles o sobre todo acercándose a alguno de los barrios del área metropolitana, donde los colores de piel y pelo se van tornando más oscuros según nos alejamos del centro. En los andenes y pasillos de la estación T-Centralen, donde convergen las tres líneas de metro y la estación de ferrocarril, puede observarse a cualquier hora del día la más heterogénea mezcla de turcos, chinos, somalíes, kurdos, libaneses o chilenos, muchos de los cuales ya han adquirido la ciudadanía sueca tras vivir cinco años en el país. Un visitante de otras latitudes tendrá mayor dificultad en identificar a los finlandeses, que realmente son el colectivo más numerosos y con más tiempo de permanencia.

Se calcula en medio millón el total de inmigrantes tanto políticos como económicos. Así, los primeros que llegaron fueron los italianos allá por 1946, contratados como una mano de obra práctica que Suecia entonces necesitaba imperiosamente p ara conseguir el relanzamiento del país tras los desastres de la II Guerra Mundial. Más tarde, entre los años 52 y 70 fueron llegando los inmigrantes "por libre", que tuvieron que competir duramente con los autóctonos y adaptarse a su forma de vida sin ningún tipo de ayuda oficial. A partir de los 70 empezaron a llegar los refugiados políticos, aceptados por razones humanitarias y que han proporcionado esa imagen de solidaridad internacional que Suecia ha dado al mundo en los últimos decenios.

Hay muchas maneras en que el viajero puede aprender algo de historia sueca. Están los museos, los centros culturales, los libros; pero hay un lugar que muy pocos turistas pueden llegar a conocer (y según se mire es mejor que así sea): se trata del hospital de Hudinge, al sur del área metropolitana de Estocolmo; entre las muchas obras de arte que adornan sus largísimos pasillos, se encuentra un mural que, como si fuera un cómic continuo, muestra los momentos estelares de la historia de Suecia, iniciándola con escenas de caza de los primeros pobladores tras el retroceso de los glaciares y terminándola algunos pisos más arriba con el referéndum sobre las centrales nucleares de 1980, dejando en medio multitud de guerras y crueldades varias en las que los antiguos suecos ocuparon gran parte de su tiempo, junto a inventores y personajes remarcables, con la curiosidad de que todos los reyes están dibujados sólo en silueta, sin más detalle que una etiqueta con el nombre y la fecha; y es que el autor Gunnar Sodertröm es republicano acérrimo. Y no sólo es en las paredes donde este insólito hospital muestra la cultura; también cuenta con una biblioteca con miles de libros en 52 idiomas y revistas y periódicos en 12, para uso de los pacientes y el personal.

En la biblioteca sin duda se encontrarán los libros de dos escritoras que están situadas en el rinconcito nostálgico del corazón de casi todos los suecos: Elsa Beskow y Astrid Lindgren. Muchos han crecido con la lectura de sus libros infantiles, que no siempre fueron compatibles entre sí. Las historias de Elsa Beskow tuvieron su mayor influencia en la primera mitad del siglo con sus cuentos moralizantes y sus niños-personajes que se comportaban tal como los padres querían que lo hicieran sus propios hijos, pero Astrid Lindgren, sobre todo con su Pippi Calzaslargas, supuso toda una revolución a partir de los años cincuenta. Los niños por fin leían historias en que los pequeños protagonistas se comportaban tal y como a ellos les gustaría hacerlo. Los libros de Elsa entraron en las escuelas como manuales de lectura, pero la Pippi de Astrid se ha convertido en el tercer libro mas vendido del mundo, junto a la Biblia y el Quijote.

A orillas del lago Malar, se encuentra el edificio más carismático de Estocolmo: Stadhuset, el Ayuntamiento, cuya torre cuadrada está coronada, y nunca mejor dicho, por tres coronas doradas, y su silueta sobresale sobre cualquier panorámica de la ciudad. En su interior destaca sobre todo el gran Salón Dorado, con sus paredes recubiertas de mosaicos compuestos por unos diecinueve millones de pequeñas piezas de cerámica que brillan como el oro; es el lugar donde tradicionalmente se celebran las cenas de los premios Nobel, aunque cualquier persona que esté dispuesta a pagar puede alquilarlo para su propia fiesta.

A un corto paseo, se encuentra Gamla Stan, la ciudad vieja, que puede considerarse como el centro de Estocolmo. Sus estrechas calles de altas paredes nos introducen en un mundo donde se entremezclan con envidiable armonía las fachadas medievales, en perfecto estado de conservación, y las modernas boutiques, cafeterías y galerías de arte. En tiempos en que la Liga Hanseática ejercía su imperio político-económico por el todo el mar Báltico, esta zona era la aduana entre el comercio interior y exterior de Suecia. También se encuentra en este barrio-isla el Palacio Real, que cada mañana es escenario del ceremonial de cambio de guardia, y Stortoget, la céntrica plaza que cuenta con el dudoso honor de haber sido el escenario de una de las historias más dramáticas del pasado sueco: aquí se llevó a cabo la ejecución de unos ochenta nobles en el siglo XVI, que fueron decapitados después de una fiesta por oponerse a la autoridad del rey danés Christian II, y con cuya sangre, según se cuenta, se pintaron las fachadas de tres edificios.

En el embarcadero de Gamla Stam hay transbordadores que llegan hasta la isla Djugarden, que una vez fue un coto de caza para la realeza; actualmente ese espacio isleño es compartido por algunos de los lugares de interés históricos más visitados de la ciudad, como el museo Nórdico o el museo del barco Vasa y sobre todo Skansen.

SKANSEN

La existencia de Skansen (La Fortaleza), el museo al aire libre más antiguo del mundo, se debe al empeño y determinación demostrados por Artur Hazelius, maestro y filólogo nacido en Estocolmo en 1833. Ya desde su infancia fue buen conocedor del mundo rural sueco y, al llegar a la madurez, pudo comprobar el inevitable cambio que estaba sufriendo la vida campestre de la última mitad del pasado siglo, a causa de la implantación lenta pero ineludible de las nuevas formas de vida que traía consigo la revolución industrial.

Este cambio llevaba irremediablemente a la destrucción de objetos y edificios que ya estaban quedándose obsoletos con el empuje de los nuevos tiempos. Hazelius tomó una determinación y recorrió el país con su mujer, clasificándolos, recogiéndolos e incluso comprándolos para lo que sería su gran sueño: un museo al aire libre que mostrase al futuro ese tipo de vida que ya se estaba perdiendo.

Pero el museo no es una mera fría exhibición de viejos edificios de madera; Skansen es un lugar vivo donde, desde su inauguración en 1891, se festejan tradicionalmente las más importantes celebraciones del calendario sueco. Actualmente cuenta todos los años con un amplio programa de fiestas entre abril y diciembre que pueden tener los más diversos motivos, como el florecimiento de los tulipanes, el día nacional de algún país, la noche de Walpurgis, los tradicionales mercados a la manera antigua de primavera, otoño y navidad o la clásica fiesta de Santa Lucía, además de múltiples conciertos de todo tipo de música.

Todas las regiones suecas están representadas ya sea con iglesias, molinos, casas señoriales e incluso granjas completas, hasta alcanzar unos 150 edificios, la mayoría de ellos con el común denominador de un intenso color rojo cubriendo las viejas maderas. Este color ha estado presente en las construcciones a lo largo y ancho de toda Suecia desde el siglo XIV, siendo el resultado de un óxido proveniente de las minas de cobre de Falu y que protege la madera del paso del tiempo y de la dura meteorología.

Puede decirse que estos edificios están tocados por el dedo de la fortuna; en su tiempo evitaron los múltiples incendios que a través de los años han ido arrasando los poblados de madera, y, con su traslado a Skansen, también han evitado ese otro fuego, más deshonroso y más cruel, que hubiese proclamado su inutilidad frente a un progreso, no siempre bien entendido, que aniquila todo lo que no es compatible con su ímpetu ciego.

La visita por el museo, que puede llegar a ser muy larga e incluso requerir varios días, tiene su comienzo más lógico al lado de la entrada principal, donde se encuentra todo un barrio de ciudad, construido a imagen del antiguo barrio Södermaln, en la zona sur de Estocolmo. Las empinadas callejuelas empedradas conducen a los talleres del impresor, del alfarero o del cristalero, donde artesanos vestidos con trajes de época realizan las actividades propias de sus oficios con las mismas tradicionales técnicas que usaban sus antecesores del pasado siglo, cuando el sentido del tiempo y la forma de vida apenas apartaban al hombre del ritmo de la naturaleza; además, estos artesanos contestan cualquier pregunta que se les haga acerca de su trabajo. Los aromas que salen de la panadería son pura poesía olfativa que, como cantos de sirena, obligan al viajero a entrar y degustar alguno de los panecillos o dulces que se cuecen lentamente en el horno de leña.

La vuelta por este barrio puede terminar con la visita a la casa de fachada amarillenta donde vivió el propio Hazelius durante la construcción de Skansen. Una vez allí, queda por elegir la dirección de la siguiente ruta, ya sea mapa en mano o siguiendo al azar, que llevará a través de la variadísima gama de edificios y lugares que se extienden por el parque, desde lujosas mansiones estilo rococó hasta exiguas cabañas de única estancia donde hacia vida una familia completa, todos con su propio mobiliario y utillaje, sin olvidar el importante detalle de que todos están rodeados por la flora típica de sus lugares de origen.

No podía faltar en Skansen el complemento de un pequeño parque zoológico, donde focas grises, osos, lobos, zorros o renos, representantes de la fauna autóctona, comparten imagen y territorio con elefantes y monos, traídos aquí simplemente porque son los animales preferidos de los niños suecos. Para ellos también hay un lugar especial, Lill-Skanse Øn (Pequeño Skansen), donde pueden tocar o ver de cerca a cabras, conejos o pequeños y mansos jabalíes. En el Acuario, bajo cubierto, pueden observarse animales tan exóticos en estas tierras como cocodrilos, serpientes o pájaros tropicales. Pero fuera de las rejas y empalizadas, entre las numerosas granjas y estanques, o en la más sencilla libertad, también hay infinidad de pavos reales, cigüeñas, patos, gansos y otras aves, muchas de ellas cumpliendo allí una parte de su ciclo migratorio estacional.

En primavera y verano, los días se alargan de una manera casi inverosímil para el viajero meridional y la naturaleza resurge desde el largo y oscuro letargo, manifestándose en una explosión de luz y color tan esperada y celebrada por los suecos. En el otoño, los días se acortan (y el horario de visitas), pero la verde exuberancia se transforma en capas de ocres, rojos y amarillos que dan al parque un toque casi mágico, acompañando al viajero la banda sonora que produce el crujido de las hojas caídas bajo sus pies.

Aquí no cabe el tópico de decir que Skansen sea el corazón verde de la ciudad, como sí lo sería en cualquier otra más hacia el sur de Europa. Estocolmo prácticamente no conoce la contaminación; hasta las aguas del lago Malar, que se vierten en el Báltico atravesándola entre varias islas en pleno centro de la ciudad, están limpias y es posible pescar y bañarse en ellas.

Un paseo por Skansen, aparte del esparcimiento que en sí mismo ocasiona, es como caminar por una burbuja de tiempo contemplando la imagen de un pasado ya irreversible que nos habla de otras maneras de entender la vida. Bajo un busto de Hazelius hay una inscripción que dice: "Salvaste el pasado para el futuro. El pueblo de Suecia te lo agradece". Ahora hay otros museos como este, sobre todo en los países nórdicos, pero Skansen fue el pionero y es, sin duda, el más vivo de todos.

Artículo publicado en la revista mexicana Geomundo
Este texto también es parte del libro Territorio Vikingo
© Manuel Velasco

junio 09, 2009

El cristianismo celta


EL CRISTIANISMO CELTA
(artículo publicado en Año Cero)
Manuel Velasco

Durante siglos, el cristianismo celta fue un brazo de la religión cristiana desligado prácticamente del control de Roma; aun así se extendió durante los peores años de la llamada Edad Oscura medieval casi por toda Europa, desde las islas Feroe hasta Italia y desde Francia hasta Ucrania, gracias a que monjes y monjas irlandeses recorrieron las tierras fundando monasterios e iglesias e impartiendo el mensaje del conocimiento y del amor justo en la época que más se precisaba.

Las primera pequeñas comunidades monásticas irlandesas funcionaron intentando imitar a los eremitas egipcios, que se retiraban al desierto para no tener ningún tipo de distracción. Pero, como en Irlanda no hay desiertos, lo hicieron en el interior de los espesos bosques o en islotes, donde monjes y monjas se dedicaban a la oración y a la copia de libros, dedicando algún tiempo en atender a los fieles que se acercaban buscando una ayuda espiritual o física, ya que muchos de ellos eran sanadores.

Su estructura inicial, que tenía más similitudes con los colegios druidicos que con los monasterios europeos, permitió que los monjes y monjas irlandeses gozaran de una libertad muy superior a la que tuvieron sus coetáneos continentales. Puede decirse que cada uno se arreglaba su propio horario de estudio, trabajo y oración, uniéndose todos una vez al día para algún servicio religiosos conjunto, en los no solía faltar el recitado de los Salmos, que gozaban de un fervor especial. Encontraban quizás en ellos resonancias bárdicas o druidicas? Seguramente sí, ya que uno de los personajes bíblicos más populares era el rey David, poeta y tocador del arpa.

La decadencia comenzó con el sínodo de Withby, en la Inglaterra del año 664, donde se discutió entre la necesidad de obedecer absolutamente los dictámenes de Roma o de mantener la autonomía de los cristianos celtas, saliendo vencedores los primeros. Ese fue el final de la espiritualidad celta en Inglaterra a favor de las estructuras y rituales de la Iglesia de Roma.

A pesar de todo esto, la iglesia irlandesa se mantuvo independiente de Roma hasta el siglo XII. El fin les vino de las manos de los vikingos, por un lado, que destruyeron escuelas y monasterios, y, por otro, de los normandos franceses, curiosamente también relacionados con los vikingos. Tras conquistar Inglaterra, los normandos invadieron Irlanda siguiendo órdenes (la Bula Laudabiliter) del papa Adriano IV, nacido en la Inglaterra definitivamente entregada a Roma, e impusieron el catolicismo a través de religiosos llevados del continente, obedientes en todo a las directrices romanas.

SAN PATRICIO, EL PIONERO
Su auténtico nombre era Succatus Patricius y nació en el oeste de la Britania romanizada y cristianizada, en el seno de una familia de religiosos y funcionarios. Según su propia biografía Confessio, tras ser capturado por piratas a los 16 años, fue vendido como esclavo en Irlanda. Allí pasó 6 años hambriento y casi desnudo, cuidando ganado entre el frío y la humedad. Su buena constitución le ayudó a sobrevivir durante aquellos años de aislamiento que le convirtieron en un hombre santo, un visionario que recibía la llamada de Dios. Su "voz" le indujo a huir; caminó bastantes kilómetros hasta llegar a una costa (se piensa que fue el actual Wexford), donde encontró un barco mercante cargado de perros irlandeses, muy apreciados en otros lugares como buenos cazadores.

Ni en sus más disparatada imaginación hubiera contemplado Succatus la posibilidad de regresar a aquella isla donde tanto sufrió, pero la voz de Dios fue insistente al respecto. Así, 27 años después, tras haber sido ordenado obispo, ponía sus pies de nuevo en Irlanda, pero como hombre libre y dispuesto a cambiar el país de arriba abajo.

Allí usó el nombre de Patricio, aunque los irlandeses lo adaptaron a la forma gaélica de Padrig. Estableció su primera residencia en un granero de Ard Macha, la actual Armagh, en el Ulster, donde ahora hay dos catedrales dedicadas a él, una católica y otra protestante.

Su primer gran golpe de efecto lo tuvo en Tara, donde vivía el Gran Rey de Irlanda -por aquel entonces, Loegaire-, cuando en la fiesta anual del fuego de Beltane se apagaba la llama sagrada en lo alto de la colina (y también todos los fuegos de la isla), e instantes después el ollam o druida más viejo encendía el nuevo. Patricio y sus pocos seguidores subieron a la colina de Slaine, perfectamete visible desde Tara, y allí encendió el fuego pascual antes que el jefe de los druidas hiciese lo propio con el suyo. Seguramente tuvo en cuenta las palabras de Elías de "combatir fuego con fuego", o simplemente consideró que eso era lo mejor que podía hacer en esas circunstancias, con el Gran Rey y la élite de los druidas concentrados en Tara.

Lograron escapar de los hombres que el rey mandó gracias al llamado "Escudo", una especie de oración que envolvía a quien la cantasen bajo la protección de Dios. Ese fue otro buen golpe de efecto, ya que era algo superior a los círculos de protección druídicos.

Se dice que Patricio fue el primer hombre libre en hablar abiertamente contra la esclavitud, adelantándose al menos un milenio a las ideas abolicionistas, y como poco, enfrentado a lo que entonces se llevaba en Roma, con el visto bueno del papa.

El caso es que consiguió convertir a los siempre díscolos irlandeses y, lo que tal vez tenga más mérito, a los druidas, que hasta entonces habían detentado el control de la vida espiritual. Aunque no por eso el druidismo se perdió completamente, ya que, de igual modo que la cruz cristiana se unió al anillo solar, creando el icono que desde entonces representa al cristianismo celta, los druidas hicieron algo parecido, uniendo las dos formas de entender el mundo, la vida, el hombre y la naturaleza. En Irlanda existía un buen caldo de cultivo para la nueva fe, ya que para los irlandeses todo lo que en el mundo existía era sagrado.

En muchas imágenes se representa a Patricio con una hoja del popular trébol, que él usaba para explicar el misterio de la Trinidad, cosa que no le tuvo que costar demasiado trabajo ya que en el panteón celta había varios dioses trinitarios. Del mismo modo, tal como harían otros religiosos posteriormente, tomó prestados muchos elementos de la historia y del folclore irlandés para apoyar sus enseñanzas, como por ejemplo, comparar a los doce apóstoles con los doce guerreros fenians, el cielo con el Tirnanog céltico o a Jesús con aquel Esus mitológico que volvería algún día. Y todo eso sin escatimar lo que sin duda los irlandeses consideraron como milagros druidicos.

Sus biografos siempre lo enfrentan a los druidas, saliendo en todo momento victorioso, aunque bien pudiera ser que Patricio aprendiese en su país algunas artes druídicas para convencer así mejor a los irlandeses. También hay que contar con la posibilidad de que aquel druidismo necesitase un buen lavado y una nueva dirección, por contar con unos druidas más interesados en mantener su estatus junto a reyes y nobles que de cumplir sus auténticas funciones.

Según dejó escrito en su "Confessio", su vida estuvo guiada por diversos encuentros místicos con Dios. Justamente este misticismo es una de las bases de la espiritualidad celta, donde es posible el éxtasis, la unión de Dios con sus criaturas. Esta "línea directa" fuera de control siempre puso nerviosa a Roma, y nuestros místicos (Prisciliano, Juan de la Cruz o santa Teresa) bien podrían dar fe de ello.

En el 461, año de la muerte de Patricio, la Europa continental estaba envuelta en el caos. Otros continuaron su obra fundando a lo largo y ancho de la isla y del continente numerosos monasterios desligados de Roma, que aun tardará siglos en "meter en cintura" a aquellos díscolos irlandeses.

Y mientras los señores de la guerra de la nueva Europa no parecían distinguir la espada de la cruz, pacientes monjes irlandeses se pasaban la vida copiando antiguos manuscritos, muchos de los cuales seguramente ni entendían su significado y menos aun su trascendencia. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido con la civilización europea sin Patricio o sin los monjes irlandeses. De seguro hubiera sido muy distinta.

COLUMBA
Si hay que atribuir a Patricio el inicio de todo este proceso, es justo reconocer a Columba, mejor conocido por la forma gaélica Columcille (no confundir con el otro gran santo irlandés Columbano) el haberlo difundido fuera de la isla. Nació con el nombre de Crimthann (Lobo), dentro de una familia real de la provincia de Donegal y en el clan más poderoso del Ulster. Además de poeta y visionario, era un líder natural, lo que le hacía candidato incluso para ocupar el puesto de Ard Ri (Gran Rey de Irlanda).

Sin duda, es el más célebre de los monjes irlandeses. Hasta la edad de 40 años estuvo recorriendo diversos monasterios, entre ellos el de Cian Aneas Moir (actual Kells), donde construyó su casa cerca del montículo que se atribuía a la tumba de Iz, llegado de España precediendo a los Hijos de Mil, que invadieron la isla en la Edad de Bronce. Allí hizo una serie de profecías en las que adelantaba la conquista de Irlanda por los ingleses, para lo cual aun faltaban varios siglos.

En uno de los cien monasterios que fundase en Irlanda, estuvo copiando un libro que marcaría profundamente su vida. Y es que, cuando fue a devolver el original a su dueño, este al ver la magnificencia de la copia dijo aquello de que "a cada vaca le pertenece su ternera", por lo que se apropió de la misma. La disputa verbal acabó en guerra, ya que Columba acudió a su poderosa familia para que se lavase la afrenta que se le había hecho. El enfrentamiento, llamado la Batalla de los Libros, produjo muchos muertos.

Los remordimientos y la presión de los demás le hicieron irse a la isla escocesa de Iona, el lugar más cercano desde donde no podía ver Irlanda. Allí fundó el monasterio que llegaría a ser considerado como el centro del cristianismo celta.

En ese monasterio dormía con la cabeza apoyada en una piedra, posiblemente la Lial Fail, o Piedra del Destino, que su tío Fergus, rey de Dalriada, se había llevado desde su anterior emplazamiento, en Tara, la capital espiritual de Irlanda, para ser coronado. Se cuenta de aquella era la enigmática piedra, originaria de Egipto, que estuvo en el Templo de Salomón hasta que fue destruido por Nabucodonosor. Si en oriente se le atribuía ser la que le proporcionó a Jacob su visión del cielo, en las tierras del norte tenía la propiedad de cantar cuando era tocada por alguien que fuese digno de ser nombrado rey.

Una vez establecido en Iona, Columba inició el trabajo de escribir el famoso Libro de Kells, llamado así porque, debido a los ataques vikingos, este manuscrito o una copia del mismo llegó hasta el monasterio irlandés de Kells.

Tuvo fama de milagrero en vida y se sentía en armonía con la naturaleza y sus seres vivos; incluso se le atribuye el primer encuentro documentado con el famoso monstruo del lago Ness. Su vida es la mejor conocida de los santos celtas, gracias a que su biografía oficial, escrita por uno de sus sucesores, nunca se perdió.

Tras el éxito de su primer monasterio, Columcille se dispuso a abrir otros tanto en el territorio de la colonia irlandesa de Dalriada, germen de los futuros escoceses, como entre los pictos, los otros temibles habitantes de Alba (Escocia). Para este pueblo, Roma era sinónimo de enemigo, ya que durante siglos las legiones romanas habían intentado conquistar sus tierras y someterlos, tal como hicieron con todos los pueblos de Britania. Por eso le vino muy bien a Columba no ser un representante de la iglesia de Roma, que sin duda hubiera provocado un rechazo difícil de superar.

Los hijos de nobles y reyes fueron enviados a Iona para ser educados, lo que fue decisivo para que a su muerte dejase una herencia de paz en una tierra donde las continuas guerras eran la norma general.

Se dice que la biblioteca de Iona era una rival directa de la de Alejandría. Desgraciadamente esta también acabó pasto de las llamas durante un ataque vikingo.

Tras su muerte -en el altar de su iglesia y con la cara radiante de alegría-, muchos de sus monjes se dispersaron en grupos de trece (un abad y doce monjes). Esa cantidad podía estar basada tanto en los doce apóstoles como en las partidas de doce guerreros más un jefe que tenían los populares guerreros irlandeses llamados fenians, o simplemente por seguir el ejemplo del propio Columba, que llegó a Iona acompañado por doce hombres.

BRIGIDA
Una de las cosas que peor soportó Roma de aquel Cristianismo Celta, además de parecerle -y seguramente tenían razón- una extensión del druidismo (algunos monjes se llamaban a sí mismo los "druidas de Cristo"), fue el papel tan significativo que tuvieron las mujeres. De hecho, una de las más importantes figuras de aquellos tiempos es Santa Brígida.

Brígida fue hija de un rey y una esclava. Fundó varios monasterios mixtos, el más importante de ellos en su propio pueblo, Cil Dara (actual Kildare), nombre de resonancias druídicas, ya que significa Iglesia del Roble, y un inmenso roble presidía el centro del recinto. Además de las actividades propias de una abadesa (a las que habría que añadir las de un abad, ya que también oficiaría la liturgia), Brígida atendía personalmente a la gente que acudía en peregrinación, ya que tenía la habilidad de sanar por imposición de manos, por lo cual llegó a ser llamada María de los Gaélicos.

Se dice que las vacas de sus monasterios daban leche tres veces al día, y así tendría que ser para alimentar a todos los peregrinos que llegaban, por lo que muchas veces se le representa ordeñando a una vaca, como ocurre en el bajorrelieve de la capilla de San Miguel, en la Tor de Glastonbury. La cruz de Santa Brígida es uno de los amuletos más populares entre los irlandeses.
A pesar del inaudito y poco ortodoxo hecho, desde el punto de vista romano, de que una mujer gobernase a los hombres (de hecho, en uno de los santorales se dice que fue consagrada abadesa "por error"), no resultaba nada extraño desde el punto de vista irlandés, ya que aquella sociedad no discriminaba a las mujeres. En muchas historias y leyendas encontramos reinas como Maeve, que no estaba por debajo de su marido el rey Aillel, o mujeres guerreras, como las que entrenan al joven y futuro héroe nacional Cu Chulainn, o mujeres sabias o druidesas, como las que protegen y educan a Finn hasta que se convierte en un gran guerrero de hermandad de la Rama Roja.

A su muerte se tuvo que construir la iglesia más grande de Irlanda, para acoger a todos los peregrinos, más numerosos que nunca. Y quiso Dios o la Iglesia, que su muerte fuese un 1 de febrero, fiesta celta que se celebraba en honor a... Brígid, diosa celta. Así, a partir de entonces, la gran fiesta pagana de Imbolc se cristianizó, aunque durante siglos sólo cambiase la imagen de la mujer (diosa o santa) a quien los irlandeses dedicaban sus alegrías de la fiesta del fuego y la fertilidad. Así, la figura y el nombre de Brígid, o Bride, pasó de ser la triple diosa de los herreros, poetas y sanadores (llamada también Diosa de Dos Eternidades o Madre de Toda Sabiduría) a ser la patrona de los mismos.

Las monjas de Kildare mantuvieron un fuego cuyas cenizas se consideraban milagrosas, hasta que en el siglo XII el arzobispo de Dublín decretó que aquello era una reminiscencia de cultos paganos y lo prohibió. Tras la muerte del arzobispo, el fuego fue reiniciado, hasta que la Reforma, llegada desde Inglaterra, acabó con todos los monasterios irlandeses.

COLUMBANUS
El más célebre de los monjes viajeros sería Columbanus. Estudió en el monasterio de Bangor gramática, retórica, geometría y griego y latín, y leyó a los autores clásicos, así como las Escrituras. Pronto le entraron las ganas de volar y, con doce compañeros, cruzó el mar. El primer monasterio que fundase en tierras galas sería el de Luxeuil, al que pronto se sumaron dos más. En sus escuelas se estudiaba el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Esta última tenía gran importancia, ya que una persona ignorante de la música era prácticamente inútil en un monasterio donde el canto era la base de la liturgia, e incluso de la vida de un monje. Sus normativas tendrían influencia en la Orden Benedictina, que sería impuesta a los demás monasterios en el concilio de Aix-la-Chapelle en el 817.

Pero tuvo que vérselas con los obispos de la zona, que no contemplaban con buenos ojos aquella poco ortodoxa forma de hacer las cosas, comenzando por la celebración de la Pascua en días distintos al de ellos (el calendario de la iglesia irlandesa estaba basado en los cálculos de san Jerónimo y no en el calendario juliano), siguiendo con el emplazamiento de los monasterios, en pleno bosque, en vez de hacerlo al lado de una ciudad y a ser posible depender de la amabilidad de nobles o reyes, y terminando, con lo que tal vez era más grave, sin pedirle autorización y quitándoles clientela a ellos.

Otro de los aspectos entonces inaceptables desarrollados por la iglesia irlandesa, ajena por mucho tiempo a las directrices de Roma, fue un tipo de confesión directa entre el sacerdote y el penitente, o en su defecto con un buen amigo (el anam-chara o amigo del alma), que ni siquiera tenía que ser un religioso (Sta. Brígida decía que alguien sin anam-chara era como un cuerpo sin cabeza). En el continente, por el contrario, la confesión era entonces un acto público y pública era la penitencia, ya que el pecador había atentado contra la Iglesia en su conjunto y a toda la comunidad correspondía conocer y perdonar la falta. En la imaginería medieval quedaron los penitentes vestidos con tela de saco y cubiertos de cenizas o los apellidos "vergonzosos" que no sólo debían llevar de por vida, sino que también recaían sobre sus descendientes (en España tenemos el Paniagua, una de las clásicas penitencias, similar al francés Boileau, "Bebeagua"). El sistema de la confesión privada fue introducido en Europa por Columbanus, desde el monasterio de Luxeuil, y acabó siendo el sistema aceptado por todos.

Al estar demasiado avanzado para aquellos tiempos, tuvo que enfrentarse a la conspiración de los obispos, que consiguieron que la reina-madre Brunilda de los burgundinos, a la que Columbano había reprovado su inmoral tipo de vida, ordenase a las gentes del lugar que no se acercaran a los monasterios de los irlandeses ni les facilitasen alimento o ayuda.

Así que, Columbano tuvo que irse de allí. Pero, al fin y al cabo, tuvo más suerte que nuestro Prisciliano, que por menos fue condenado y decapitado. Un accidentado viaje le llevó hasta los Alpes, donde se quedó uno de sus seguidores, Gall, que, por ser conocedor de las lenguas germánicas, lo tuvo relativamente fácil a la hora de predicar entre los habitantes de aquellas tierras. A su muerte se construyó el monasterio de San Gall, al lado del lago Constanza, uno de los más grandes de su tiempo, que sería el inicio de la iglesia suiza. Otro compañero que sería santo fue Ursinus, que levantó un oratorio en medio del bosque, al lado del río Doubs, también en Suiza. Parece ser que los osos fueron sus principales acompañantes.

El viaje de Columbanus y sus seguidores continuó hasta el norte de Italia, donde se habían establecido los lombardos. Allí edificó el monasterio de Bobbio y desde allí escribió cartas al papa que sorprenden por su reprimenda y trato de igual a igual, por otro lado muy típico en un irlandés. No debió gustar aquello mucho a su destinatario, Bonifacio IV, que debía ser el primer papa que veía los papeles invertidos ("tu silla, oh Papa, está manchada de herejía" o "quienes preservan la auténtica fe tienen perfecto derecho a juzgar al Papa"), habiéndose adelantado Columbanus en mil años a Martin Lutero, aunque, al no haber intereses materiales por medio, no se produjo ni cisma ni guerra; de hecho, ni hay constancia de que el papa respondiese. También escribió una "Carta a las naciones", en la que encomiaba a los creyentes a retornar al Pastor Jefe, "que no está al lado del Tiber". Y es que Roma, tras cristianizarse había conseguido que el cristianismo se romanizara, convirtiéndose en una burocracia donde reinaban las intrigas, el abuso de poder, y en general la preponderancia del mundo terrenal.

A su muerte, en el 615, además de tener el mérito de haber reintroducido la literatura clásica en el continente que la produjo, dejó una gran cantidad de escritos, desde instrucciones para sus seguidores hasta poemas y canciones. Su fama fue tal que tanto en vida como a su muerte dio nombre a numerosos monasterios de los territorios del gran reino ostrogodo próximos a Bobbio, que hoy conocemos con el nombre de Francia, Suiza, Alemania e Italia. San Francisco de Asís visitaría sus monasterios y adoptaría muchas de sus formas para los suyos propios.

OTROS SANTOS CELTAS
Aidan fue uno de los seguidores de Columba y se encargaría de la conversión del Norhtumbria (norte de Inglaterra) donde reinaba Oswald, que había estudiado de joven en Iona; el rey incluso le acompañó personalmente en algunos de sus viajes y le apoyó económicamente para edificar el gran monasterio de Lindisfarne.

Otro santo procedente de Iona sería el célebre Brandán el Navegante, que llegaría con los suyos a Islandia, Groenlandia y, según aseguran algunos, a América, adelantándose en algunos siglos a Leif Eriksson y sus acompañantes vikingos. Claro que él lo hizo en un frágil barco tipo currag, hecho con piezas de cuero sujetas sobre un armazón de madera, como los que llevaron los emigrantes de la Edad del Bronce -posiblemente desde España-, o los que aun usan los pescadores de las costas occidentales de Irlanda. En los monasterios europeos era fácil encontrar copias del libro que describe su viaje de siete años, por lo que constituyó un elemento muy importante dentro del folclore medieval, siendo especialmente popular la historia del desembarco en el lomo de una gran ballena. En 1976, el británico Tim Severin hizo una reconstrucción del barco de Brandán y se echó a la mar demostrando que podía llegarse a los lugares citados en el libro.

Además de estos, muchos otros llegarían a un continente europeo completamente dominado por los pueblos bárbaros, más o menos cristianizados, pero completamente analfabetos, como Fridolt, que llegó a Francia, también acompañado por doce seguidores, y estableció una escuela teológica en Poitiers, o Disibod, que levantó innumerables iglesias y escuelas por Francia y Alemania.

Tras viajar a la cercana Gales, Finnian fundó seis monasterios, uno de ellos en Clonard, donde llegaron a vivir 3.000 monjes. Uno de sus novicios fue Ciaran, fundador del gran monasterio de Clanmacnois, que llegó a ser descrito como la Universidad de la Irlanda Celta. Uno de sus pupilos fue Kevin, que siempre vivió entre monjes. Tras la muerte de su maestro se estableció en Glendalough, monasterio que llegaría a ser universidad y rí fearta o cementerio de los reyes de Leinster. Allí se construyó una celda en la que vivió como eremita, vistiendo sólo con pieles de animales que morían de vejez, al lado de uno de los dos lagos de la zona. Eso no quiere decir que estuviese totalmente desconectado del mundo, ya que su fama de santo hizo que tuviese que recibir a la mucha gente que hasta él llegaba desde toda Irlanda. Allí permaneció hasta su muerte, a los 120 años. Cuthbert vivió en los Borders, la zona intermedia entre Escocia e Inglaterra, en la abadía de Melrose, donde alternaba periodos de soledad con viajes por los alrededores, donde, según se cuenta, cada vez que predicaba realizaba algún milagro. Hilda, de familia noble, siguiendo las pautas de Brígida, fue abadesa de un doble monasterio (Whitby) de monjas y monjes. Junto al poeta Caedmon hizo una serie de canciones que facilitaban el aprendizaje y comprensión de las escrituras a quienes no podían leerlas.

artículo publicado en la revista Año Cero
© Manuel Velasco