mayo 23, 2009

Gibraltar


GIBRALTAR
(Sección de viajes de la revista Ecología)
Manuel Velasco

Gibraltar es una singularidad en todos sus aspectos, y el más evidente de ellos es el aspecto del propio Peñón. Mirándolo desde lejos, aparece como una gran mole pétrea que hubiese caído desde el cielo, como algo fuera de lugar respecto a los elementos que hay a su alrededor. Pero no sólo no cayó del cielo, sino que surgió de las profundidades mar, ya que la piedra caliza que lo forma está compuesta por pequeños fósiles marinos que fueron depositándose en el fondo del océano durante millones de años y formando una gran masa pétrea. Esta masa sería sacada a la superficie cuando el continente africano chocó con el europeo (el mismo choque que formó los Pirineos o los Alpes), quedando como una isla entre los dos continentes, uniéndose más tarde a Europa a través de un istmo arenoso.

La propia naturaleza caliza del Peñón hizo que el agua de la lluvia fuese forjando, a lo largo de miles de años, las grutas interiores, como la cueva de San Miguel. Esta cueva es uno de los lugares más visitados de Gibraltar y cuenta con varias galerías donde puede verse una impresionante coleccion de estalactitas y estalagmitas (hasta de 40 metros) bien iluminadas, más una especie de sala principal, llamada la Catedral, que sirve como impresionante fondo para conciertos. Existen leyendas que aseguran que la cueva no tiene final, ya que continúa bajo el mar, por lo que podría llegarse a Africa a través de ella. Bajo la cueva de San Miguel hay otra con un lago, pero esta es de más difícil acceso, ya que precisa del acompañamiento de un guía y un pequeño equipo de escalada.

Esta cueva se encuentra en la Reserva Natural del Peñón (Upper Rock Natural Reserve), donde también puede observarse las peculiaridades de la fauna y flora de Gibraltar. Sin duda, la más conocida es la de los monos. Estos "macacos sin rabo" fueron traídos por las tropas británicas como mascotas, en el siglo XVIII; algunos se escaparon, originando lo que actualmente constituye la única colonia de monos libres en Europa. Hay unos doscientos, que suelen estar en el monkey's den, donde reciben comida y atenciones. Son pacíficos y posan pacientemente para los turistas, aunque a veces estos tienen que soportar sus travesuras, como quedarse sin gorra o gafas de sol, objetos que a los monos les debe llamar especialmente la atención. Antes, y tal vez por aquella frase que aseguraba "los británicos se irán de Gibraltar cuando se vayan los monos", eran los militares los encargados de su cuidado, con fondos especiales que el gobierno destinaba a tal fin (incluso a los monos enfermos los llevaban al hospital de la Marina), aunque, desde que se creó el actual parque natural, es una empresa privada la que se ocupa de ellos.

El entorno es un paisaje de pinos y olivos y, según temporada, una variedad local de lavanda o el endémico carraspique, que alegran el paisaje con el color de sus pequeñas flores. Allí también puede verse la perdiz moruna, traída igualmente de Africa, la lagartija ibérica o la serpiente chirrionera. Ya no quedan muchos de los animales que en otros tiempos poblaban Gibraltar, como jabalíes, zorros o águilas imperiales. Lo que sí hay en exceso son gaviotas, debido a que han desaparecido sus predadores naturales que mantenían el equilibrio de la cadena biológica.

Desde la cumbre pueden verse los watercathments, que son unas planchas metálicas que cubren un tramo de la pendiente oriental del Peñón, lugar especialmente castigado por las lluvias y el viento de levante, que provocan desprendimientos y desgastan poco a poco su perfil. Estas placas constituyeron el sistema para conseguir agua potable, ya que Gibraltar carece de ríos o manantiales propios; el agua de lluvia era canalizada desde allí hacia unos enormes depósitos en el interior. Este sistema, aunque efectivo, llegó a resultar insuficiente, por lo que ahora se consigue por destilación del agua de mar. Bajo las planchas metálicas existe una duna fósil, cuya parte inferior puede verse desde el mar a consecuencia del levantamiento de algunas de las placas provocado por un fuerte temporal.

Desde los miradores de la zona occidental, se contempla la ciudad empequeñecida por la distancia, con el puerto y el aeropuerto construidos sobre tierra ganada al mar (las rocas procedentes de las excavaciones de las galerías); al frente, la costa española y Algeciras, y, en medio, los barcos anclados en la bahía. También destaca la gran refinería que, según sople el viento, hace llegar sus productos tóxicos hasta Gibraltar; a este motivo se le achacan el alarmante aumento de casos de cáncer que ha ocasionado que las compañías aseguradoras inglesas hayan excluido esta enfermedad de sus pólizas de seguros.

Gibraltar también es un lugar privilegiado para contemplar el paso de las aves migratorias, que tienen aquí el punto de referencia más próximo entre Europa y Africa.

Desgraciadamente ya no lo es tanto para las migraciones de las ballenas y de las tortugas como lo fue en otros tiempos. Los que sí permanecen son los delfines, que han encontrado en la bahía un lugar seguro donde comer y aparearse. Puede hacerse una excursión en barco para verlos de cerca, como cuando se lanzan a uno de sus juegos habituales: hacer una especie de carrera con el barco, situándose a proa, o dando alegres saltos fuera del agua.

Desde los miradores de la zona occidental se contempla la ciudad, con el puerto y el aeropuerto construidos sobre tierra ganada al mar (las rocas procedentes de las excavaciones de las galerías); al frente, la costa española, con Algeciras en primer plano, y en medio los barcos anclados en la bahía.

Artículo publicado en la revista Ecología / 1998
© Manuel Velasco

mayo 18, 2009

Newgrange

NEWGRANGE (Irlanda)
Manuel Velasco

El Valle del río Boyne (Bru Na Boinne, en gaélico) debió resultar muy atractivo para las gentes del Neolítico. Además de una tierra fértil, aquí tuvieron un espeso bosque, lleno de madera y caza, depósitos de pedernal y un río que, además de la pesca cotidiana, les permitía salir al mar en sus rudimentarias embarcaciones de cuero. En definitiva, un lugar ideal para vivir. Pero, ¿era sólo esto lo que les llevó a elegir este lugar a aquellos pobladores que construyeron un monumento de la envergadura de Newgrange?

El túmulo (igualmente podríamos llamarlo templo solar o santuario) de Newgrange se ha hecho célebre por su alineación solar con el solsticio de invierno. Para aquel pueblo megalítico debía ser esa un fecha tan sumamente importante como para tomarse el trabajo de construir este enorme edificio (80 metros de diámetro por 12 de alto) como homenaje al sol naciente del año nuevo, que venía a simbolizar la continuidad de la vida, al iniciar un nuevo ciclo anual.

Desde su construcción, y sin contar los años en que la entrada estuvo derrumbada y Newgrange sólo era un montículo en medio del campo, los primeros rayos del sol del 21 de diciembre entran por la puerta, rompiendo la oscuridad de la cámara central, después de haber teñido las paredes de un intenso color dorado. El proceso completo de este momento mágico (siempre que la meteorología invernal lo permita) tarda unos 20 minutos.

Todo tipo de teorías han visto la luz desde que se descubrió, casi casualmente, su existencia: Lugar de enterramiento para la realeza, templo solar, observatorio astronómico, lugar de rituales iniciáticos para los druidas, homenaje a los ancestros, celebración de la fertilidad cuando el sol penetraba hasta el interior de la tierra... Y es posible que todas las especulaciones estén en lo cierto y que este gran centro megalítico haya servido para todo eso y más para los distintos pueblos que fueron asentándose en el Valle del Boyne a lo largo de milenios.

La teoría que podríamos llamar más druídica tal sea la de que ese primer rayo de sol se llevaba a los espíritus de quienes habían fallecido a lo largo del año anterior, como un rayo tractor que los transportase a un lugar donde serían preparados para una nueva vida. Eso hace pensar que incluso la entrada permanecería habitualmente cerrada, ya que se han encontrado dos bloques de cuarcita que encajan perfectamente en las dos aberturas; sólo se quitarían en determinadas ceremonias, e incluso posiblemente sólo en la del solsticio de invierno. En cualquier caso, fuera cual fuese el motivo, sus constructores dejaron muestras de una gran capacidad técnica y de unos excepcionales conocimientos astronómicos.

Los investigadores C. Knight y R. Lomas descubrieron que este monumento también está asociado a Venus, ya que cada 8 años su luz penetra por la oquedad que hay sobre la puerta justo antes de que lo haga el sol. Esta abertura es tan pequeña y el pasillo está tan curvado que la fría luz de ese planeta puede penetrar por la completa oscuridad hasta iluminar la cámara. Teniendo en cuenta que Venus también está asociado a ideas de reencarnación, desde Egipto a los masones, bien podría ser que la cámara fuese un lugar para el parto de los futuros reyes, que así recibirían el espíritu de algún rey recientemente muerto.

Se han encontrado muy pocos restos de huesos humanos, lo que hace pensar que, como tumba, estaba reservada a elementos muy escogidos de su sociedad. Algunos arqueólogos piensan que, a lo largo de tanto tiempo y culturas diversas, y teniendo en cuenta la escasez de espacio, bien puede darse el caso de que los restos más antiguos, pertenecientes a otro pueblo, fuesen sacados para meter los propios, siendo en todos los casos difuntos de rango real (hay que tener en cuenta la proximidad de la colina de Tara, residencia real de los Ard Ri, o Grandes Reyes de Irlanda). En cualquier caso, no puede considerarse Newgrange como un cementerio, del mismo modo que tampoco lo es, por poner un ejemplo, la catedral de San Patricio, de Dublín, donde también han sido enterrados algunos personajes importantes de Irlanda.

Los símbolos de las rocas que pueden verse a la entrada y alrededor de Newgrange también han tenido muchos tipos de interpretaciones, desde las meramente ornamentales hasta la representación de mapas estelares del pueblo que las construyó o mapas del “otro mundo” para los viajes chamánicos de los druidas. O que cumplían funciones similares a los mandalas orientales, en las que los “hombres sabios” se concentrarían para ciertos rituales en los que accederían a determinados estados de consciencia. El uso de ciertos cantos y/o la ingestión de hongos alucinógenos u otro tipo de sustancias completarían el cuadro.

Se ha establecido la época de construcción de Newgrange en el 3200 aC (mil años antes que la edad oficial de Stonhenge), en el seno de una sociedad próspera y pacífica. Eso permitió que se pudiese disponer de suficientes personas y medios como para acometer tal proyecto. Además de la mano de obra en bruto para cortar árboles y transportar las piedras hasta la cima de la colina, también requirió de personal más especializado, como los que hoy llamaríamos arquitectos e ingenieros; y sin olvidar a quienes grabaron las rocas con signos que hoy en día, perdidas las claves, resultan tan difíciles de interpretar. En definitiva, un trabajo que bien pudo mantener ocupadas a varias generaciones, que sin duda gozaron de un largo periodo de estabilidad.

Las piedras son de arenisca y cuarzo y fueron recogidas por un área amplia en torno a la colina; para las de granito necesitaron alejarse hasta 80 kilómetros al sur. Las rocas más grandes, y de ellas hay más de cuatrocientas, miden alrededor de cuatro metros y pesan varias toneladas. Se supone que fueron trasladadas sobre plataformas de troncos; según iban avanzando, los troncos que quedaban atrás se iban colocando delante, mientras muchos hombres tiraban de largas cuerdas. Y todo eso por un terreno boscoso. Una vez subidas a la colina, tuvieron que ser precisos algunos artilugios tipo grúa para levantarlas y dejarlas clavadas en su sitio. Claro que, como ocurre con todos los monumentos megalíticos, siempre da por pensar si no disponían de algún tipo de tecnología que les permitiese mover las enormes masas pétreas con tal precisión.

Seguramente las piedras pequeñas fueron sacadas del lecho del cercano río y de los terrenos colindantes, pero su transporte no hay que menospreciarlo, pues se calcula que suman alrededor de doscientas mil toneladas de peso.

Muchas piedras horizontales del exterior forman una especie de bordillo y están profusamente decoradas, a martillo y cincel, con infinidad de formas geométricas distintas, aunque destacan sobre todo las espirales, una de las cuales, la triple espiral que se encuentra en la piedra que precede a la entrada, se ha tomado como símbolo del centro Brú na Boinne, desde donde parten las visitas.

Todas las imágenes son abstractas, sin que aparezca ninguna representación de personas, animales u objetos identificables. También se da el hecho curioso de que muchas están grabadas por todas sus caras. Esto hace pensar que, o las piedras podían girarse en determinadas épocas o que con el paso del tiempo hicieron falta nuevos símbolos y decidieron reutilizar la roca; también cabe la posibilidad de que no sólo se grabasen para que la viesen los vivos.

Al contrario que el exterior, la cámara ha precisado poca restauración, aunque es fácil imaginar que han desaparecido muchas cosas de su interior (en el siglo XVIII algunos irlandeses buscaron calderos de oro supuestamente escondidos aquí). Destaca especialmente el techo, con largas piedras superpuestas que van dejando la cúpula cada vez más pequeña, hasta llegar a la roca superior. Y todo está tan bien ensamblado, con la ayuda de una mezcla de arcilla y arena para tapar los agujeros, que es completamente impermeable, lo cual ha ayudado mucho a su conservación a lo largo de 5.000 años.

También en la cámara hay una piedra granítica profusamente labrada. Teniendo en cuenta su tamaño, es imposible que fuese metida tras la construcción del edificio, por lo que bien pudiera ser una especie de piedra sagrada, en torno a la cual se edificó todo lo demás, tras haber cumplido sus funciones al aire libre, en lo alto de la colina.

LOS CONSTRUCTORES
Los arqueólogos suponen que unos 4.000 años aC llegó a este valle un pueblo de granjeros, remontando el río Boyne, tras haber navegado por el océano desde el sur de Europa, y muy probablemente desde la Península Ibérica. Se han encontrado evidencias de barcos tipo currach (armazón de madera recubierto de cuero) de 10 metros de largos, capaces de transportar hasta 3 toneladas de peso; esto hace pensar que aquellos primeros pobladores bien pudieron enfrentarse a los riesgos del mar trayéndose consigo incluso los animales propios de sus granjas.

Aquellos granjeros neolíticos encontraron una isla cubierta de bosques donde asentarse definitivamente. No podemos saber si tan largo y peligroso viaje lo hicieron por algún designio de tipo espiritual (en la antigüedad se hacían muchas cosas, que ahora nos resultan inexplicables, por “razones sagradas”) o huyendo de algún pueblo más fuerte que se asentó en sus anteriores tierras. En todo caso, el espíritu de supervivencia y de alcanzar un tipo de vida mejor estaba presente en ellos.

Utilizando sus hachas de piedra, comenzaron a talar árboles tanto para conseguir madera como para abrir tierras de cultivo. Y así comenzó un nuevo periodo para la vida de esa gente y para la isla. Y aquella comunidad sedentaria debió ser tan próspera como para permitirse el lujo de tener muchos trabajadores levantando el enorme edificio, sin que tuvieran que preocuparse por la penuria de alcanzar la supervivencia diaria.

La cultura que dio lugar a los monumentos en este Valle se mantuvo allí unos cuantos siglos, para ser sustituida por otro pueblo conocedor del bronce (y que también introdujo los caballos). Puede que se mezclasen, prevaleciendo la superioridad tecnológica de los segundos o puede que aquel otro pacífico pueblo desapareciese por completo. En cualquier caso, los grandes túmulos continuaron siendo un lugar sagrado de referencia para todos los pueblos que fueron sucediéndose, aunque el propósito original de sus constructores ya se hubiese perdido.

LOS TRABAJOS Y LOS DIAS
Durante miles de años las ovejas pastaron libremente por Newgrange, pasando la propiedad del terreno de mano en mano. Hasta que un tal Campbell, en el siglo XVII, buscando piedras para construir una casa, encontró las que sobresalían en esta colina. Tras siglos de ignorancia y abandono, una antorcha permitió que los ojos humanos volviesen a ver el corredor que llevaba hasta la cámara. Aun así, pasarían unos cuantos siglos más hasta que por fin se reconoció la verdadera importancia del lugar; mientras tanto, ¿quien sabe cuantas cosas habrán desaparecido o cambiado de sitio tanto dentro como fuera? Los trabajos de excavación y restauración no comenzaron hasta 1962, quedando completados en 1975. La obra fue dirigida por el arqueólogo O’Kelly, que tomó la decisión de cómo debía de ser la fachada original, que estaba completamente derrumbada, y fue la primera persona en milenios en contemplar la entrada del sol en el solsticio de invierno.

SOÑADORES DEL DILUVIO
En el libro sobre los pueblos megalíticos Soñadores del Diluvio (Oberón, 2001), C. Knight y R. Lomas señalan que los constructores de Newgrange necesitaron:

- Agricultura para producir suficientes alimentos como para que la gente viviera en el mismo lugar durante el tiempo necesario para completar el trabajo.
- Especialización en las funciones del trabajo.
- Proveedores de víveres, transportistas, talladores de piedras y constructores.
- Conocimientos de los movimientos del Sol a lo largo del año.
- Habilidades constructoras.
- Habilidades en el trabajo de la piedra.
- Una visión que los guiara y les diera un motivo para crear esta impresionante estructura y un medio para motivar a los trabajadores para llevar a cabo las tareas necesarias.
- Alrededor de dos millones de horas de trabajo invertidos en la construcción, en un contexto social que se supone de alta mortalidad infantil y con una expectativa de vida de unos 25 años.
- Habilidad de organización que les permitieron completar proyectos que debieron durar más años que los de una vida media.

artículo publicado en la revista Año Cero / 2008
© Manuel Velasco

Erik el Rojo

ERIK EL ROJO
artículo publicado en Revista de Arqueología
Manuel Velasco

Su nombre auténtico fue Eirik Thorvaldson y nació en el sudoeste de Noruega en torno al 950. El apodo por el que fue conocido se debió al intenso color rojizo de su pelo y barba. En la saga vikinga que lleva su nombre, transcrita por los islandeses en la Edad Media, apenas muestra nada de su juventud en la región de Jaerden, excepto cuando su padre, Thorvald Asvaldsson, se ve en la necesidad de abandonar su granja y su país por culpa de un asunto de sangre.
Dentro de la comunidad vikinga no existía la pena de muerte, siendo el exilio la más grave de las sentencias. Este podía ser de tres años o definitivo. Durante ese tiempo, el condenado no podía mantener ningún tipo de contacto con la comunidad de la que procedía, manteniendo durante el periodo de exilio el estatus de utlaginn (forajido o fuera de la ley). Al no estar protegido por las leyes humanas ni pertenecer a ninguna comunidad, cualquiera podría incluso matarlo sin incurrir en pena alguna.
Así, padre e hijo embarcaron a Islandia, que por aquel entonces ya no era esa especie de “tierra prometida” donde acudieron a refugiarse y a prosperar aquellos noruegos que huyeron del despotismo del rey noruego Harald el de Hermosos Cabellos, que puso todo su empeño, poder y fortuna en acabar con la forma de vida habitual de su pueblo. Se decía que este rey convirtió a los noruegos en dos clases: súbditos y exiliados.
Pero las buenas tierras costeras de la lejana Islandia llevaban mucho tiempo ocupadas. La familia se estableció en la región de Drangar. Allí Erik se casó con Thjonhild y, a la muerte de su padre, ambos se trasladaron al valle de Hauka. Como si los problemas familiares le persiguiesen, hubo otro problema de sangre con unos vecinos, por el cual Erik fue condenado por la Asamblea de Thorness a un exilio “menor”, o sea de tres años (o inviernos, según las cuentas de los vikingos).
Así que, Erik, con un grupo de seguidores que quisieron acompañarlo, se embarcó rumbo oeste, intentando encontrar una posible tierra de la que se hablaba desde que un tal Gunnbjorn Ulf-Krakuson fuese desviado por una tormenta. No era Erik el primero en intentar alcanzar aquella tierra medio irreal, ya que antes lo habían hecho Hrolf Thorbjarnanrsson y Saebjorn Holmsteinsson, con doce hombres cada uno. Pero las cosas fueron mal y, tras sufrir todo tipo de penalidades, acabaron matándose entre ellos. Los pocos supervivientes no debieron contar nada que hiciese deseable otro intento. Pero algo impulsó a Erik a seguir su instinto y llevar a cabo un nuevo intento.
Y llegaron a aquella isla, que por entonces no era tan extremadamente fría como ahora (los arquéologos se refieren a aquella época como de “periodo cálido medieval”) y bordearon los fiordos y las ensenadas de la costa oriental, estableciendo puestos desde donde continuar las exploraciones por el interior. Así pasaron el primer invierno.
Finalmente, encontraron la tierra más idónea para establecer el primer asentamiento. Erik y los suyos se hicieron el reparto, quedándose él lo que sería llamado Brattahlid, donde estaría después su granja familiar.
Pasaron aquellos tres inviernos de exilio y Erik regresó a Islandia a llevar la noticia: Al oeste había una nueva tierra deshabitada donde comenzar una nueva vidad, Grenland, la Tierra Verde. Aquella era una noticia muy esperada por muchos islandeses asentados en tierras no muy buenas o por hijos segundones que no tenían derecho a ninguna herencia.
En el verano del 986, veinticinco barcos zarparon rumbo oeste, cargados de hombres, mujeres y niños. Y animales, semillas, herramientas, madera. Se iniciaba una colonización en toda regla.
No todos llegaron. Algunos barcos se perdieron en la travesía con toda su carga de ilusiones en un futuro más prometedor, como si el viejo dios marino Aegir también exigiese allí su habitual tributo humano a cambio de dejarlos transitar a través de sus dominios acuáticos.
En Brattahlid crecieron los hijos de Erik, Leif, Thorvald y Thorstein, nacidos de Thjonhild, y Freydis, hija natural nacida tras la negativa de su esposa de vivir bajo el mismo techo que un pagano cuando ella se convirtió al cristianismo y él persistió en mantener las creencias de su pueblo y sus antepasados. A pesar de esto, Erik mandó construir una capilla de madera para su esposa. Y no impidió en lo más mínimo que los religiosos llegados de Islandia estableciesen iglesias y monasterios. Su hijo Leif sería el primero en viajar a las costas de Norteamérica, que él llamó Vinland, siendo seguido en posteriores viajes por sus otros hermanos. Así, Erik el Rojo pasó a las sagas y su figura ha persistido en el tiempo y la memoria de los hombres. Y no de la forma en que otros vikingos “famosos” lo hicieron, ya que la mayoría de estos debieron su fama a innumerables hechos guerreros y de piratería, como ocurre con Egil Skallagrimsson, protagonista de la que posiblemente sea la saga islandesa más conocida.
El hombre que pudo reinar
Bien podría decirse que Erik el Rojo fue el hombre que pudo reinar. Desde Brattahlid gobernó Groenlandia sin dificultades y todos le reconocían como el líder indiscutible. Durante el primer viaje largo que realizó su hijo Leif a Noruega fue recibido con todos los honores por el rey Olaf Trygvasson y el obispo de Trodheim. Ambos le confiaron la misión de convertir a su padre al cristianismo y, es posible, de que se convirtiese en rey, ya que aquella actitud “republicana” (única en la Edad Media europea, junto a Islandia) resultaba poco menos que ofensiva para la institución monárquica. Sin duda, los noruegos pensaron que si Erik se convertía en un rey cristiano, todos sus súbditos lo harían inmediatamente. Pero la expansión del “Cristo Blanco”, como era llamado por los vikingos, en Groenlandia tuvo que transcurrir por otros derroteros.
Con el tiempo y la continua llegada de colonos procedentes sobre todo de Islandia, fue necesario establecer una nueva colonia, al sur de la gran isla. Había poca tierra apta para la agricultura, pero la abundancia de focas, ballenas, osos, que proporcionaban las principales fuentes de alimentación, y halcones, que eran (y son) muy apreciados para la cetrería de los países árabes, hicieron prósperos los dos asentamientos a los que simplemente llamaron Eystribyggo (Oriental) y Vestribyggo (Occidental). Llegó a haber unas 5000 personas. Los nombres actuales de estos lugares son Julianehaab y Godthaab.
Durante unos 500 años, estos asentamientos funcionaron como una comunidad independiente sin tener demasiados contactos con las otras comunidades vikingas, siendo su principal problema, al igual que en Islandia, la falta de árboles; este déficit llegó al extremo de no poder construirse nuevos barcos, habiendo quedado ya los viejos en condiciones precarias, con lo que el efecto de insularidad quedó reforzado por la casi imposibilidad de comunicación con el exterior. El posterior dominio danés y su peculiar punto de vista sobre cómo tratar a aquellas lejanas islas dificultó aun más la vida.
Las condiciones climáticas cambiaron hasta el punto en que la comunidad nórdica allí asentada llegó a extinguirse, quedando la isla en manos de los innuit (esquimales), mejor adaptados para los fríos extremos.
Se han llegado a descubrir restos arqueológicos pertenecientes a unas 300 granjas, además de 17 iglesias y dos conventos. Entre ellos se encuentra aquella Brattahlid (Granja sobre la colina) de Erik el Rojo, en Narsarsuaq, que tenía paredes de piedra de 3 metros de espesor y un canal subterráneo que llevaba agua al interior de la vivienda.
Artículo publicado en la Revista de Arqueología

© Manuel Velasco
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mayo 02, 2009

La Saga de Vinland

LA SAGA DE VINLAND

Artículo publicado en la revista Historia y Vida (2000)

Manuel Velasco

La mayor parte de lo que actualmente sabemos sobre la forma de vida de los vikingos se lo debemos a las sagas que escribieron los islandeses durante el siglo XIII, después de que hubiesen sido transmitidas oralmente de generación en generación. Y según nos cuentan La Saga de los Groenlandeses y la Saga de Erik el Rojo, en el año 1000, Leif Eriksson llegó a una tierra desconocida, a la que puso el nombre de Vinland. Aquella Vinland era parte de lo que hoy llamamos Norteamérica.

Las sagas islandesas eran crónicas familiares de los primeros colonos que se establecieron en la isla y sus primeras generaciones. Cuando la cultura que las creó entró en la decadencia, dejaron de hacerse copias e incluso cayeron en el olvido. Entre ellas estaban la Saga de Groenlandeses y la Saga de Erik el Rojo, donde se relatan los viajes realizados a aquella tierra que llamaron Vinland, y que 500 años más tarde, y más al sur, sería descubierta oficialmente por Cristóbal Colón.

Las sagas comenzaron a recuperarse en el siglo XVIII, cuando los reyes daneses mandaron un anticuario a Islandia en busca de libros antiguos. Alguno de los barcos llegó a hundirse en su viaje de vuelta y muchos otros ejemplares se quemaron en un gran incendio que destruyó la Biblioteca de Copenhague, con lo cual se perdió para siempre la mayor parte de esos valiosos manuscritos únicos que nos ayudarían a comprender mejor a aquellos islandeses y groenlandeses que se enfrentaron a todos los fenómenos naturales para llegar a nuevas tierras. Posiblemente hubiera otras sagas que complementaban lo poco que ahora sabemos acerca de las exploraciones de Vinland.

LOS VIAJES A VINLAND

En una plaza de Reykjavik hay una estatua dedicada a Leif Eriksson donada por los Estados Unidos por haber sido el primer europeo en llegar al continente americano, según la tradición de las sagas islandesas. Pero, de igual manera que Islandia no fue descubierta en primer lugar por Ingolfur Arnarson ni Groenlandia por Erik el Rojo, las costas americanas que recibirían el nombre vikingo de Vinland tampoco fueron descubiertas exactamente por Leif Eriksson. En los tres casos no se llevó el honor y la gloria de la posteridad el primero que llegó si no el primero en establecer la primera colonia estable.

Aunque las dos sagas mencionadas cuentan la misma historia, hay datos en los que no coinciden y algunos que incluso son contradictorios, aunque la leyenda de Vinland puede resumirse de esta manera:

En Groenlandia se corrió la voz de que un tal Björn Herjulfsson había encontrado unas nuevas tierras situadas más hacia el oeste, a cuyas costas fue arrastrado por una tormenta en un viaje entre Islandia y Groenlandia. Alrededor del año 1000 y con el mismo espíritu aventurero que su padre, Erik el Rojo, Leif Eriksson embarcó acompañado de 35 hombres en busca de esas tierras.

Fue llegando a diversos lugares a los que denominó según fuese el elemento predominante del paisaje: Primero fue Helluland (Tierra Pedregosa), después Markland (Tierra de Bosques) y por último, Vinland (Tierra de Vides). Se supone que estos tres lugares son los que actualmente corresponden a Baffin, Labrador y Terra Nova. En esta última isla, concretamente en L'Anse des Meadows, se han descubierto restos de casas, unos 130 pequeños objetos y una herrería que puede fecharse justamente alrededor del año 1000, y que bien pudo servir de base para que aquellos hombres realizasen expediciones hacia el sur del continente.

En Vinland encontraron una tierra fértil con buen clima, donde los inviernos no suponían la interrupción de la vida cotidiana, con abundante pesca y caza. Era un lugar perfecto para iniciar una colonia. El nombre fue debido a unas vides salvajes que allí crecían, imposibles de encontrar en su tierra de origen.

Leif regresó a Groenlandia con el barco cargado de madera, un elemento muy necesario y valioso en esa isla, donde no había bosques, y uvas (algunos investigadores piensan que más bien debían ser algún tipo de bayas silvestres, de las que igualmente podía hacerse vino). Su padre había muerto y él, que por su hazaña recibió el apodo de “el Afortunado”, tuvo que hacerse cargo de la granja familiar, siendo su hermano Thorvald quien organizase la siguiente expedición.

Estos nuevos colonos, tras permanecer dos años en Vinland, construyeron nuevas casas y extendieron el territorio explorado. Al regresar a Groenlandia hicieron una parada en cierto lugar, donde tuvieron el primer contacto -desafortunado- con los indios nativos, a los que llamaron skraeling.

El tercer viaje estuvo a cargo de otro hijo de Erik el Rojo, Thorstein, pero el barco fue alejado de su ruta por una tormenta y finalmente todos los tripulantes, excepto una mujer, murieron a causas de una epidemia.

El cuarto viaje lo realizaron sesenta y cinco personas, al mando de Thorfinnur Karlsefni, en dos barcos bien equipados. Tras una temporada inicial que les debió parecer la vida en el paraíso, volvieron a hacer acto de presencia los skraeling, que pretendieron cambiarles pieles por sus espadas de hierro, que los indios desconocían. La negativa de los nórdicos ocasionó algunos problemas, hasta que la colonia nórdica decidió regresar a Groenlandia, después de tres años en Vinland, llevando consigo un buen cargamento de madera, que allí venderían a buen precio. En este viaje se produjo el nacimiento de Snorri, hijo de Thorfinnur Karlsefni y su esposa Grudrid, primer niño nórdico nacido en Vinland.

El quinto y último viaje documentado en las sagas estuvo protagonizado por Freydis, hermana de Leif. Esta expedición se hizo con dos barcos, perteneciendo el segundo a unos comerciantes islandeses. Pasaron un año, sin que hiciesen acto de presencia los skraeling, aunque no por eso eso tuvieron exentos de problemas, ya que Freydis se encargó de que las tripulaciones de los dos barcos (groenlandeses e islandeses) mantuviesen malas relaciones y se repitiesen las disputas por cualquier cosa. Finalmente convenció a su marido y a los suyos para que matasen a los groenlandeses, encargándose ella misma de matar a las mujeres que les acompañaban, quedándose así con toda la mercancía.

¿DONDE ESTUVO VINLAND?

Durante mucho tiempo nadie creyó que las sagas contasen hechos reales, sobre todo las que trataban de Vinland. Hasta que, en los años 60, un grupo de arqueólogos, dirigidos por el noruego Helge Ingstad, descubrieron en L'anse aux Meadows, al norte de Terranova (Canadá), los restos de ocho casas similares a las viviendas vikingas y algunos utensilios de uso común entre los nórdicos. No se sabe exactamente si ese es el lugar al que Leif Eriksson llamó Vinland y donde construyó sus casas, ya que el paisaje que describen las sagas puede haber variado debido a las transformaciones climáticas de los últimos mil años, pero hasta el momento no se ha encontrado nada mejor. L’Anse aux Medaws es ahora un Monumento Histórico Nacional de Canadá y está incluido en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

En este tema hay tantas teorías como teóricos. Si está bastante claro que Helluland sea la isla de Baffin y Markland algún lugar de Terranova o Labrador, la ubicación de Vinland es más problemátic a y las teorías van por todo el litoral atlántico de Norteamérica, desde Nueva Inglaterra hasta Florida, aunque el experto en temas nórdicos Erik Whalgren, que ha estudiado a fondo las sagas y ha recorrido la región, además de poner en evidencia falsas pruebas vikingas en Norteamérica, la sitúa entre las actuales fronteras de Canadá y Estados Unidos, justo en la bahía de Passasmaquoddy, cuyas condiciones orográficas y el tipo de mareas coincide bastante con el descrito en las sagas; en esas inmediaciones también puede situarse el límite norte del crecimiento de las vides y los cereales salvajes así como el límite sur de los ríos salmoneros.

Por mucho que se haya puesto en duda, la llegada a Vinland tiene poco de extraordinario, dentro del contexto de los viajes vikingos. Sus barcos fueron la gran obra de ingeniería de su época. Si llegaron hasta Islandia atravesando todo el Atlántico, ¿cómo no iban a llegar desde Groenlandia hasta el noroeste de la actual Canadá, cuando sólo lo separa una distancia de una treintena de kilómetros? El resto sólo era cuestión de seguir la navegación costera hacia el sur, hasta llegar a tierras de clima más suave. Lo realmente extraordinario hubiera sido que nunca lo hubiesen hecho.

En 1893, poco después de que se rescatara el barco de Gokstad (Noruega) en unas excavaciones arqueológicas, se hizo una réplica exacta del mismo, usando los mismos materiales y las mismas herramientas que usaban los vikingos. Y ese barco, capitaneado por Magnus Andersen, cubrió en 27 días la distancia que separa Noruega de Estados Unidos, donde fue exhibido en la feria universal de Chicago.

Y, de todas maneras, la llegada de los vikingos en el año 1000 no invalida en absoluto los méritos de Cristóbal Colón. Según todas las historias de colonizaciones vikingas, el mérito se lo llevaba quien conseguía que se mantuviese en un nuevo lugar una comunidad de manera estable, no el que primero hubiese llegado. Cuando Colón llegó a América, las colonias de Groenlandia ya no existían, el cristianismo había acabado con las tradiciones vikingas y el recuerdo de Vinland posiblemente ya estaba borrado de la memoria de la mayoría de los nórdicos.

Por otro lado, y haciendo jugar a nuestra fantasía, ¿qué hubiese ocurrido si aquellos nórdicos hubiesen llevado caballos a Vinland y hubiesen intercambiado sus armas de hierro con los skrelings? ¿De qué manera hubiera cambiado ese detalle la historia de la posterior conquista de América?

O, mejor aun, ¿cómo se habría transformado el mundo de haber prosperado la colonia de Vinland? ¿Se habrían mezclado los nórdicos con los skraeling tal como hicieron en Europa con los eslavos, los irlandeses o los franceses, produciéndose la correspondiente ósmosis de culturas? Si se hubiera producido cualquiera de estos casos, el mundo actual sería muy distinto a como es. Pero ya no podemos saberlo. Sólo nos es posible soñar.


Artículo publicado en la revista Historia y Vida (2000)
La versión completa está en el libro Territorio Vikingo
© Manuel Velasco