mayo 18, 2009

Erik el Rojo

ERIK EL ROJO
artículo publicado en Revista de Arqueología
Manuel Velasco

Su nombre auténtico fue Eirik Thorvaldson y nació en el sudoeste de Noruega en torno al 950. El apodo por el que fue conocido se debió al intenso color rojizo de su pelo y barba. En la saga vikinga que lleva su nombre, transcrita por los islandeses en la Edad Media, apenas muestra nada de su juventud en la región de Jaerden, excepto cuando su padre, Thorvald Asvaldsson, se ve en la necesidad de abandonar su granja y su país por culpa de un asunto de sangre.
Dentro de la comunidad vikinga no existía la pena de muerte, siendo el exilio la más grave de las sentencias. Este podía ser de tres años o definitivo. Durante ese tiempo, el condenado no podía mantener ningún tipo de contacto con la comunidad de la que procedía, manteniendo durante el periodo de exilio el estatus de utlaginn (forajido o fuera de la ley). Al no estar protegido por las leyes humanas ni pertenecer a ninguna comunidad, cualquiera podría incluso matarlo sin incurrir en pena alguna.
Así, padre e hijo embarcaron a Islandia, que por aquel entonces ya no era esa especie de “tierra prometida” donde acudieron a refugiarse y a prosperar aquellos noruegos que huyeron del despotismo del rey noruego Harald el de Hermosos Cabellos, que puso todo su empeño, poder y fortuna en acabar con la forma de vida habitual de su pueblo. Se decía que este rey convirtió a los noruegos en dos clases: súbditos y exiliados.
Pero las buenas tierras costeras de la lejana Islandia llevaban mucho tiempo ocupadas. La familia se estableció en la región de Drangar. Allí Erik se casó con Thjonhild y, a la muerte de su padre, ambos se trasladaron al valle de Hauka. Como si los problemas familiares le persiguiesen, hubo otro problema de sangre con unos vecinos, por el cual Erik fue condenado por la Asamblea de Thorness a un exilio “menor”, o sea de tres años (o inviernos, según las cuentas de los vikingos).
Así que, Erik, con un grupo de seguidores que quisieron acompañarlo, se embarcó rumbo oeste, intentando encontrar una posible tierra de la que se hablaba desde que un tal Gunnbjorn Ulf-Krakuson fuese desviado por una tormenta. No era Erik el primero en intentar alcanzar aquella tierra medio irreal, ya que antes lo habían hecho Hrolf Thorbjarnanrsson y Saebjorn Holmsteinsson, con doce hombres cada uno. Pero las cosas fueron mal y, tras sufrir todo tipo de penalidades, acabaron matándose entre ellos. Los pocos supervivientes no debieron contar nada que hiciese deseable otro intento. Pero algo impulsó a Erik a seguir su instinto y llevar a cabo un nuevo intento.
Y llegaron a aquella isla, que por entonces no era tan extremadamente fría como ahora (los arquéologos se refieren a aquella época como de “periodo cálido medieval”) y bordearon los fiordos y las ensenadas de la costa oriental, estableciendo puestos desde donde continuar las exploraciones por el interior. Así pasaron el primer invierno.
Finalmente, encontraron la tierra más idónea para establecer el primer asentamiento. Erik y los suyos se hicieron el reparto, quedándose él lo que sería llamado Brattahlid, donde estaría después su granja familiar.
Pasaron aquellos tres inviernos de exilio y Erik regresó a Islandia a llevar la noticia: Al oeste había una nueva tierra deshabitada donde comenzar una nueva vidad, Grenland, la Tierra Verde. Aquella era una noticia muy esperada por muchos islandeses asentados en tierras no muy buenas o por hijos segundones que no tenían derecho a ninguna herencia.
En el verano del 986, veinticinco barcos zarparon rumbo oeste, cargados de hombres, mujeres y niños. Y animales, semillas, herramientas, madera. Se iniciaba una colonización en toda regla.
No todos llegaron. Algunos barcos se perdieron en la travesía con toda su carga de ilusiones en un futuro más prometedor, como si el viejo dios marino Aegir también exigiese allí su habitual tributo humano a cambio de dejarlos transitar a través de sus dominios acuáticos.
En Brattahlid crecieron los hijos de Erik, Leif, Thorvald y Thorstein, nacidos de Thjonhild, y Freydis, hija natural nacida tras la negativa de su esposa de vivir bajo el mismo techo que un pagano cuando ella se convirtió al cristianismo y él persistió en mantener las creencias de su pueblo y sus antepasados. A pesar de esto, Erik mandó construir una capilla de madera para su esposa. Y no impidió en lo más mínimo que los religiosos llegados de Islandia estableciesen iglesias y monasterios. Su hijo Leif sería el primero en viajar a las costas de Norteamérica, que él llamó Vinland, siendo seguido en posteriores viajes por sus otros hermanos. Así, Erik el Rojo pasó a las sagas y su figura ha persistido en el tiempo y la memoria de los hombres. Y no de la forma en que otros vikingos “famosos” lo hicieron, ya que la mayoría de estos debieron su fama a innumerables hechos guerreros y de piratería, como ocurre con Egil Skallagrimsson, protagonista de la que posiblemente sea la saga islandesa más conocida.
El hombre que pudo reinar
Bien podría decirse que Erik el Rojo fue el hombre que pudo reinar. Desde Brattahlid gobernó Groenlandia sin dificultades y todos le reconocían como el líder indiscutible. Durante el primer viaje largo que realizó su hijo Leif a Noruega fue recibido con todos los honores por el rey Olaf Trygvasson y el obispo de Trodheim. Ambos le confiaron la misión de convertir a su padre al cristianismo y, es posible, de que se convirtiese en rey, ya que aquella actitud “republicana” (única en la Edad Media europea, junto a Islandia) resultaba poco menos que ofensiva para la institución monárquica. Sin duda, los noruegos pensaron que si Erik se convertía en un rey cristiano, todos sus súbditos lo harían inmediatamente. Pero la expansión del “Cristo Blanco”, como era llamado por los vikingos, en Groenlandia tuvo que transcurrir por otros derroteros.
Con el tiempo y la continua llegada de colonos procedentes sobre todo de Islandia, fue necesario establecer una nueva colonia, al sur de la gran isla. Había poca tierra apta para la agricultura, pero la abundancia de focas, ballenas, osos, que proporcionaban las principales fuentes de alimentación, y halcones, que eran (y son) muy apreciados para la cetrería de los países árabes, hicieron prósperos los dos asentamientos a los que simplemente llamaron Eystribyggo (Oriental) y Vestribyggo (Occidental). Llegó a haber unas 5000 personas. Los nombres actuales de estos lugares son Julianehaab y Godthaab.
Durante unos 500 años, estos asentamientos funcionaron como una comunidad independiente sin tener demasiados contactos con las otras comunidades vikingas, siendo su principal problema, al igual que en Islandia, la falta de árboles; este déficit llegó al extremo de no poder construirse nuevos barcos, habiendo quedado ya los viejos en condiciones precarias, con lo que el efecto de insularidad quedó reforzado por la casi imposibilidad de comunicación con el exterior. El posterior dominio danés y su peculiar punto de vista sobre cómo tratar a aquellas lejanas islas dificultó aun más la vida.
Las condiciones climáticas cambiaron hasta el punto en que la comunidad nórdica allí asentada llegó a extinguirse, quedando la isla en manos de los innuit (esquimales), mejor adaptados para los fríos extremos.
Se han llegado a descubrir restos arqueológicos pertenecientes a unas 300 granjas, además de 17 iglesias y dos conventos. Entre ellos se encuentra aquella Brattahlid (Granja sobre la colina) de Erik el Rojo, en Narsarsuaq, que tenía paredes de piedra de 3 metros de espesor y un canal subterráneo que llevaba agua al interior de la vivienda.
Artículo publicado en la Revista de Arqueología

© Manuel Velasco
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