junio 09, 2009

El cristianismo celta


EL CRISTIANISMO CELTA
(artículo publicado en Año Cero)
Manuel Velasco

Durante siglos, el cristianismo celta fue un brazo de la religión cristiana desligado prácticamente del control de Roma; aun así se extendió durante los peores años de la llamada Edad Oscura medieval casi por toda Europa, desde las islas Feroe hasta Italia y desde Francia hasta Ucrania, gracias a que monjes y monjas irlandeses recorrieron las tierras fundando monasterios e iglesias e impartiendo el mensaje del conocimiento y del amor justo en la época que más se precisaba.

Las primera pequeñas comunidades monásticas irlandesas funcionaron intentando imitar a los eremitas egipcios, que se retiraban al desierto para no tener ningún tipo de distracción. Pero, como en Irlanda no hay desiertos, lo hicieron en el interior de los espesos bosques o en islotes, donde monjes y monjas se dedicaban a la oración y a la copia de libros, dedicando algún tiempo en atender a los fieles que se acercaban buscando una ayuda espiritual o física, ya que muchos de ellos eran sanadores.

Su estructura inicial, que tenía más similitudes con los colegios druidicos que con los monasterios europeos, permitió que los monjes y monjas irlandeses gozaran de una libertad muy superior a la que tuvieron sus coetáneos continentales. Puede decirse que cada uno se arreglaba su propio horario de estudio, trabajo y oración, uniéndose todos una vez al día para algún servicio religiosos conjunto, en los no solía faltar el recitado de los Salmos, que gozaban de un fervor especial. Encontraban quizás en ellos resonancias bárdicas o druidicas? Seguramente sí, ya que uno de los personajes bíblicos más populares era el rey David, poeta y tocador del arpa.

La decadencia comenzó con el sínodo de Withby, en la Inglaterra del año 664, donde se discutió entre la necesidad de obedecer absolutamente los dictámenes de Roma o de mantener la autonomía de los cristianos celtas, saliendo vencedores los primeros. Ese fue el final de la espiritualidad celta en Inglaterra a favor de las estructuras y rituales de la Iglesia de Roma.

A pesar de todo esto, la iglesia irlandesa se mantuvo independiente de Roma hasta el siglo XII. El fin les vino de las manos de los vikingos, por un lado, que destruyeron escuelas y monasterios, y, por otro, de los normandos franceses, curiosamente también relacionados con los vikingos. Tras conquistar Inglaterra, los normandos invadieron Irlanda siguiendo órdenes (la Bula Laudabiliter) del papa Adriano IV, nacido en la Inglaterra definitivamente entregada a Roma, e impusieron el catolicismo a través de religiosos llevados del continente, obedientes en todo a las directrices romanas.

SAN PATRICIO, EL PIONERO
Su auténtico nombre era Succatus Patricius y nació en el oeste de la Britania romanizada y cristianizada, en el seno de una familia de religiosos y funcionarios. Según su propia biografía Confessio, tras ser capturado por piratas a los 16 años, fue vendido como esclavo en Irlanda. Allí pasó 6 años hambriento y casi desnudo, cuidando ganado entre el frío y la humedad. Su buena constitución le ayudó a sobrevivir durante aquellos años de aislamiento que le convirtieron en un hombre santo, un visionario que recibía la llamada de Dios. Su "voz" le indujo a huir; caminó bastantes kilómetros hasta llegar a una costa (se piensa que fue el actual Wexford), donde encontró un barco mercante cargado de perros irlandeses, muy apreciados en otros lugares como buenos cazadores.

Ni en sus más disparatada imaginación hubiera contemplado Succatus la posibilidad de regresar a aquella isla donde tanto sufrió, pero la voz de Dios fue insistente al respecto. Así, 27 años después, tras haber sido ordenado obispo, ponía sus pies de nuevo en Irlanda, pero como hombre libre y dispuesto a cambiar el país de arriba abajo.

Allí usó el nombre de Patricio, aunque los irlandeses lo adaptaron a la forma gaélica de Padrig. Estableció su primera residencia en un granero de Ard Macha, la actual Armagh, en el Ulster, donde ahora hay dos catedrales dedicadas a él, una católica y otra protestante.

Su primer gran golpe de efecto lo tuvo en Tara, donde vivía el Gran Rey de Irlanda -por aquel entonces, Loegaire-, cuando en la fiesta anual del fuego de Beltane se apagaba la llama sagrada en lo alto de la colina (y también todos los fuegos de la isla), e instantes después el ollam o druida más viejo encendía el nuevo. Patricio y sus pocos seguidores subieron a la colina de Slaine, perfectamete visible desde Tara, y allí encendió el fuego pascual antes que el jefe de los druidas hiciese lo propio con el suyo. Seguramente tuvo en cuenta las palabras de Elías de "combatir fuego con fuego", o simplemente consideró que eso era lo mejor que podía hacer en esas circunstancias, con el Gran Rey y la élite de los druidas concentrados en Tara.

Lograron escapar de los hombres que el rey mandó gracias al llamado "Escudo", una especie de oración que envolvía a quien la cantasen bajo la protección de Dios. Ese fue otro buen golpe de efecto, ya que era algo superior a los círculos de protección druídicos.

Se dice que Patricio fue el primer hombre libre en hablar abiertamente contra la esclavitud, adelantándose al menos un milenio a las ideas abolicionistas, y como poco, enfrentado a lo que entonces se llevaba en Roma, con el visto bueno del papa.

El caso es que consiguió convertir a los siempre díscolos irlandeses y, lo que tal vez tenga más mérito, a los druidas, que hasta entonces habían detentado el control de la vida espiritual. Aunque no por eso el druidismo se perdió completamente, ya que, de igual modo que la cruz cristiana se unió al anillo solar, creando el icono que desde entonces representa al cristianismo celta, los druidas hicieron algo parecido, uniendo las dos formas de entender el mundo, la vida, el hombre y la naturaleza. En Irlanda existía un buen caldo de cultivo para la nueva fe, ya que para los irlandeses todo lo que en el mundo existía era sagrado.

En muchas imágenes se representa a Patricio con una hoja del popular trébol, que él usaba para explicar el misterio de la Trinidad, cosa que no le tuvo que costar demasiado trabajo ya que en el panteón celta había varios dioses trinitarios. Del mismo modo, tal como harían otros religiosos posteriormente, tomó prestados muchos elementos de la historia y del folclore irlandés para apoyar sus enseñanzas, como por ejemplo, comparar a los doce apóstoles con los doce guerreros fenians, el cielo con el Tirnanog céltico o a Jesús con aquel Esus mitológico que volvería algún día. Y todo eso sin escatimar lo que sin duda los irlandeses consideraron como milagros druidicos.

Sus biografos siempre lo enfrentan a los druidas, saliendo en todo momento victorioso, aunque bien pudiera ser que Patricio aprendiese en su país algunas artes druídicas para convencer así mejor a los irlandeses. También hay que contar con la posibilidad de que aquel druidismo necesitase un buen lavado y una nueva dirección, por contar con unos druidas más interesados en mantener su estatus junto a reyes y nobles que de cumplir sus auténticas funciones.

Según dejó escrito en su "Confessio", su vida estuvo guiada por diversos encuentros místicos con Dios. Justamente este misticismo es una de las bases de la espiritualidad celta, donde es posible el éxtasis, la unión de Dios con sus criaturas. Esta "línea directa" fuera de control siempre puso nerviosa a Roma, y nuestros místicos (Prisciliano, Juan de la Cruz o santa Teresa) bien podrían dar fe de ello.

En el 461, año de la muerte de Patricio, la Europa continental estaba envuelta en el caos. Otros continuaron su obra fundando a lo largo y ancho de la isla y del continente numerosos monasterios desligados de Roma, que aun tardará siglos en "meter en cintura" a aquellos díscolos irlandeses.

Y mientras los señores de la guerra de la nueva Europa no parecían distinguir la espada de la cruz, pacientes monjes irlandeses se pasaban la vida copiando antiguos manuscritos, muchos de los cuales seguramente ni entendían su significado y menos aun su trascendencia. Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido con la civilización europea sin Patricio o sin los monjes irlandeses. De seguro hubiera sido muy distinta.

COLUMBA
Si hay que atribuir a Patricio el inicio de todo este proceso, es justo reconocer a Columba, mejor conocido por la forma gaélica Columcille (no confundir con el otro gran santo irlandés Columbano) el haberlo difundido fuera de la isla. Nació con el nombre de Crimthann (Lobo), dentro de una familia real de la provincia de Donegal y en el clan más poderoso del Ulster. Además de poeta y visionario, era un líder natural, lo que le hacía candidato incluso para ocupar el puesto de Ard Ri (Gran Rey de Irlanda).

Sin duda, es el más célebre de los monjes irlandeses. Hasta la edad de 40 años estuvo recorriendo diversos monasterios, entre ellos el de Cian Aneas Moir (actual Kells), donde construyó su casa cerca del montículo que se atribuía a la tumba de Iz, llegado de España precediendo a los Hijos de Mil, que invadieron la isla en la Edad de Bronce. Allí hizo una serie de profecías en las que adelantaba la conquista de Irlanda por los ingleses, para lo cual aun faltaban varios siglos.

En uno de los cien monasterios que fundase en Irlanda, estuvo copiando un libro que marcaría profundamente su vida. Y es que, cuando fue a devolver el original a su dueño, este al ver la magnificencia de la copia dijo aquello de que "a cada vaca le pertenece su ternera", por lo que se apropió de la misma. La disputa verbal acabó en guerra, ya que Columba acudió a su poderosa familia para que se lavase la afrenta que se le había hecho. El enfrentamiento, llamado la Batalla de los Libros, produjo muchos muertos.

Los remordimientos y la presión de los demás le hicieron irse a la isla escocesa de Iona, el lugar más cercano desde donde no podía ver Irlanda. Allí fundó el monasterio que llegaría a ser considerado como el centro del cristianismo celta.

En ese monasterio dormía con la cabeza apoyada en una piedra, posiblemente la Lial Fail, o Piedra del Destino, que su tío Fergus, rey de Dalriada, se había llevado desde su anterior emplazamiento, en Tara, la capital espiritual de Irlanda, para ser coronado. Se cuenta de aquella era la enigmática piedra, originaria de Egipto, que estuvo en el Templo de Salomón hasta que fue destruido por Nabucodonosor. Si en oriente se le atribuía ser la que le proporcionó a Jacob su visión del cielo, en las tierras del norte tenía la propiedad de cantar cuando era tocada por alguien que fuese digno de ser nombrado rey.

Una vez establecido en Iona, Columba inició el trabajo de escribir el famoso Libro de Kells, llamado así porque, debido a los ataques vikingos, este manuscrito o una copia del mismo llegó hasta el monasterio irlandés de Kells.

Tuvo fama de milagrero en vida y se sentía en armonía con la naturaleza y sus seres vivos; incluso se le atribuye el primer encuentro documentado con el famoso monstruo del lago Ness. Su vida es la mejor conocida de los santos celtas, gracias a que su biografía oficial, escrita por uno de sus sucesores, nunca se perdió.

Tras el éxito de su primer monasterio, Columcille se dispuso a abrir otros tanto en el territorio de la colonia irlandesa de Dalriada, germen de los futuros escoceses, como entre los pictos, los otros temibles habitantes de Alba (Escocia). Para este pueblo, Roma era sinónimo de enemigo, ya que durante siglos las legiones romanas habían intentado conquistar sus tierras y someterlos, tal como hicieron con todos los pueblos de Britania. Por eso le vino muy bien a Columba no ser un representante de la iglesia de Roma, que sin duda hubiera provocado un rechazo difícil de superar.

Los hijos de nobles y reyes fueron enviados a Iona para ser educados, lo que fue decisivo para que a su muerte dejase una herencia de paz en una tierra donde las continuas guerras eran la norma general.

Se dice que la biblioteca de Iona era una rival directa de la de Alejandría. Desgraciadamente esta también acabó pasto de las llamas durante un ataque vikingo.

Tras su muerte -en el altar de su iglesia y con la cara radiante de alegría-, muchos de sus monjes se dispersaron en grupos de trece (un abad y doce monjes). Esa cantidad podía estar basada tanto en los doce apóstoles como en las partidas de doce guerreros más un jefe que tenían los populares guerreros irlandeses llamados fenians, o simplemente por seguir el ejemplo del propio Columba, que llegó a Iona acompañado por doce hombres.

BRIGIDA
Una de las cosas que peor soportó Roma de aquel Cristianismo Celta, además de parecerle -y seguramente tenían razón- una extensión del druidismo (algunos monjes se llamaban a sí mismo los "druidas de Cristo"), fue el papel tan significativo que tuvieron las mujeres. De hecho, una de las más importantes figuras de aquellos tiempos es Santa Brígida.

Brígida fue hija de un rey y una esclava. Fundó varios monasterios mixtos, el más importante de ellos en su propio pueblo, Cil Dara (actual Kildare), nombre de resonancias druídicas, ya que significa Iglesia del Roble, y un inmenso roble presidía el centro del recinto. Además de las actividades propias de una abadesa (a las que habría que añadir las de un abad, ya que también oficiaría la liturgia), Brígida atendía personalmente a la gente que acudía en peregrinación, ya que tenía la habilidad de sanar por imposición de manos, por lo cual llegó a ser llamada María de los Gaélicos.

Se dice que las vacas de sus monasterios daban leche tres veces al día, y así tendría que ser para alimentar a todos los peregrinos que llegaban, por lo que muchas veces se le representa ordeñando a una vaca, como ocurre en el bajorrelieve de la capilla de San Miguel, en la Tor de Glastonbury. La cruz de Santa Brígida es uno de los amuletos más populares entre los irlandeses.
A pesar del inaudito y poco ortodoxo hecho, desde el punto de vista romano, de que una mujer gobernase a los hombres (de hecho, en uno de los santorales se dice que fue consagrada abadesa "por error"), no resultaba nada extraño desde el punto de vista irlandés, ya que aquella sociedad no discriminaba a las mujeres. En muchas historias y leyendas encontramos reinas como Maeve, que no estaba por debajo de su marido el rey Aillel, o mujeres guerreras, como las que entrenan al joven y futuro héroe nacional Cu Chulainn, o mujeres sabias o druidesas, como las que protegen y educan a Finn hasta que se convierte en un gran guerrero de hermandad de la Rama Roja.

A su muerte se tuvo que construir la iglesia más grande de Irlanda, para acoger a todos los peregrinos, más numerosos que nunca. Y quiso Dios o la Iglesia, que su muerte fuese un 1 de febrero, fiesta celta que se celebraba en honor a... Brígid, diosa celta. Así, a partir de entonces, la gran fiesta pagana de Imbolc se cristianizó, aunque durante siglos sólo cambiase la imagen de la mujer (diosa o santa) a quien los irlandeses dedicaban sus alegrías de la fiesta del fuego y la fertilidad. Así, la figura y el nombre de Brígid, o Bride, pasó de ser la triple diosa de los herreros, poetas y sanadores (llamada también Diosa de Dos Eternidades o Madre de Toda Sabiduría) a ser la patrona de los mismos.

Las monjas de Kildare mantuvieron un fuego cuyas cenizas se consideraban milagrosas, hasta que en el siglo XII el arzobispo de Dublín decretó que aquello era una reminiscencia de cultos paganos y lo prohibió. Tras la muerte del arzobispo, el fuego fue reiniciado, hasta que la Reforma, llegada desde Inglaterra, acabó con todos los monasterios irlandeses.

COLUMBANUS
El más célebre de los monjes viajeros sería Columbanus. Estudió en el monasterio de Bangor gramática, retórica, geometría y griego y latín, y leyó a los autores clásicos, así como las Escrituras. Pronto le entraron las ganas de volar y, con doce compañeros, cruzó el mar. El primer monasterio que fundase en tierras galas sería el de Luxeuil, al que pronto se sumaron dos más. En sus escuelas se estudiaba el trivium (gramática, retórica y dialéctica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). Esta última tenía gran importancia, ya que una persona ignorante de la música era prácticamente inútil en un monasterio donde el canto era la base de la liturgia, e incluso de la vida de un monje. Sus normativas tendrían influencia en la Orden Benedictina, que sería impuesta a los demás monasterios en el concilio de Aix-la-Chapelle en el 817.

Pero tuvo que vérselas con los obispos de la zona, que no contemplaban con buenos ojos aquella poco ortodoxa forma de hacer las cosas, comenzando por la celebración de la Pascua en días distintos al de ellos (el calendario de la iglesia irlandesa estaba basado en los cálculos de san Jerónimo y no en el calendario juliano), siguiendo con el emplazamiento de los monasterios, en pleno bosque, en vez de hacerlo al lado de una ciudad y a ser posible depender de la amabilidad de nobles o reyes, y terminando, con lo que tal vez era más grave, sin pedirle autorización y quitándoles clientela a ellos.

Otro de los aspectos entonces inaceptables desarrollados por la iglesia irlandesa, ajena por mucho tiempo a las directrices de Roma, fue un tipo de confesión directa entre el sacerdote y el penitente, o en su defecto con un buen amigo (el anam-chara o amigo del alma), que ni siquiera tenía que ser un religioso (Sta. Brígida decía que alguien sin anam-chara era como un cuerpo sin cabeza). En el continente, por el contrario, la confesión era entonces un acto público y pública era la penitencia, ya que el pecador había atentado contra la Iglesia en su conjunto y a toda la comunidad correspondía conocer y perdonar la falta. En la imaginería medieval quedaron los penitentes vestidos con tela de saco y cubiertos de cenizas o los apellidos "vergonzosos" que no sólo debían llevar de por vida, sino que también recaían sobre sus descendientes (en España tenemos el Paniagua, una de las clásicas penitencias, similar al francés Boileau, "Bebeagua"). El sistema de la confesión privada fue introducido en Europa por Columbanus, desde el monasterio de Luxeuil, y acabó siendo el sistema aceptado por todos.

Al estar demasiado avanzado para aquellos tiempos, tuvo que enfrentarse a la conspiración de los obispos, que consiguieron que la reina-madre Brunilda de los burgundinos, a la que Columbano había reprovado su inmoral tipo de vida, ordenase a las gentes del lugar que no se acercaran a los monasterios de los irlandeses ni les facilitasen alimento o ayuda.

Así que, Columbano tuvo que irse de allí. Pero, al fin y al cabo, tuvo más suerte que nuestro Prisciliano, que por menos fue condenado y decapitado. Un accidentado viaje le llevó hasta los Alpes, donde se quedó uno de sus seguidores, Gall, que, por ser conocedor de las lenguas germánicas, lo tuvo relativamente fácil a la hora de predicar entre los habitantes de aquellas tierras. A su muerte se construyó el monasterio de San Gall, al lado del lago Constanza, uno de los más grandes de su tiempo, que sería el inicio de la iglesia suiza. Otro compañero que sería santo fue Ursinus, que levantó un oratorio en medio del bosque, al lado del río Doubs, también en Suiza. Parece ser que los osos fueron sus principales acompañantes.

El viaje de Columbanus y sus seguidores continuó hasta el norte de Italia, donde se habían establecido los lombardos. Allí edificó el monasterio de Bobbio y desde allí escribió cartas al papa que sorprenden por su reprimenda y trato de igual a igual, por otro lado muy típico en un irlandés. No debió gustar aquello mucho a su destinatario, Bonifacio IV, que debía ser el primer papa que veía los papeles invertidos ("tu silla, oh Papa, está manchada de herejía" o "quienes preservan la auténtica fe tienen perfecto derecho a juzgar al Papa"), habiéndose adelantado Columbanus en mil años a Martin Lutero, aunque, al no haber intereses materiales por medio, no se produjo ni cisma ni guerra; de hecho, ni hay constancia de que el papa respondiese. También escribió una "Carta a las naciones", en la que encomiaba a los creyentes a retornar al Pastor Jefe, "que no está al lado del Tiber". Y es que Roma, tras cristianizarse había conseguido que el cristianismo se romanizara, convirtiéndose en una burocracia donde reinaban las intrigas, el abuso de poder, y en general la preponderancia del mundo terrenal.

A su muerte, en el 615, además de tener el mérito de haber reintroducido la literatura clásica en el continente que la produjo, dejó una gran cantidad de escritos, desde instrucciones para sus seguidores hasta poemas y canciones. Su fama fue tal que tanto en vida como a su muerte dio nombre a numerosos monasterios de los territorios del gran reino ostrogodo próximos a Bobbio, que hoy conocemos con el nombre de Francia, Suiza, Alemania e Italia. San Francisco de Asís visitaría sus monasterios y adoptaría muchas de sus formas para los suyos propios.

OTROS SANTOS CELTAS
Aidan fue uno de los seguidores de Columba y se encargaría de la conversión del Norhtumbria (norte de Inglaterra) donde reinaba Oswald, que había estudiado de joven en Iona; el rey incluso le acompañó personalmente en algunos de sus viajes y le apoyó económicamente para edificar el gran monasterio de Lindisfarne.

Otro santo procedente de Iona sería el célebre Brandán el Navegante, que llegaría con los suyos a Islandia, Groenlandia y, según aseguran algunos, a América, adelantándose en algunos siglos a Leif Eriksson y sus acompañantes vikingos. Claro que él lo hizo en un frágil barco tipo currag, hecho con piezas de cuero sujetas sobre un armazón de madera, como los que llevaron los emigrantes de la Edad del Bronce -posiblemente desde España-, o los que aun usan los pescadores de las costas occidentales de Irlanda. En los monasterios europeos era fácil encontrar copias del libro que describe su viaje de siete años, por lo que constituyó un elemento muy importante dentro del folclore medieval, siendo especialmente popular la historia del desembarco en el lomo de una gran ballena. En 1976, el británico Tim Severin hizo una reconstrucción del barco de Brandán y se echó a la mar demostrando que podía llegarse a los lugares citados en el libro.

Además de estos, muchos otros llegarían a un continente europeo completamente dominado por los pueblos bárbaros, más o menos cristianizados, pero completamente analfabetos, como Fridolt, que llegó a Francia, también acompañado por doce seguidores, y estableció una escuela teológica en Poitiers, o Disibod, que levantó innumerables iglesias y escuelas por Francia y Alemania.

Tras viajar a la cercana Gales, Finnian fundó seis monasterios, uno de ellos en Clonard, donde llegaron a vivir 3.000 monjes. Uno de sus novicios fue Ciaran, fundador del gran monasterio de Clanmacnois, que llegó a ser descrito como la Universidad de la Irlanda Celta. Uno de sus pupilos fue Kevin, que siempre vivió entre monjes. Tras la muerte de su maestro se estableció en Glendalough, monasterio que llegaría a ser universidad y rí fearta o cementerio de los reyes de Leinster. Allí se construyó una celda en la que vivió como eremita, vistiendo sólo con pieles de animales que morían de vejez, al lado de uno de los dos lagos de la zona. Eso no quiere decir que estuviese totalmente desconectado del mundo, ya que su fama de santo hizo que tuviese que recibir a la mucha gente que hasta él llegaba desde toda Irlanda. Allí permaneció hasta su muerte, a los 120 años. Cuthbert vivió en los Borders, la zona intermedia entre Escocia e Inglaterra, en la abadía de Melrose, donde alternaba periodos de soledad con viajes por los alrededores, donde, según se cuenta, cada vez que predicaba realizaba algún milagro. Hilda, de familia noble, siguiendo las pautas de Brígida, fue abadesa de un doble monasterio (Whitby) de monjas y monjes. Junto al poeta Caedmon hizo una serie de canciones que facilitaban el aprendizaje y comprensión de las escrituras a quienes no podían leerlas.

artículo publicado en la revista Año Cero
© Manuel Velasco

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