abril 04, 2009

La magia en los cuentos clásicos egipcios



Artículo publicado en la revista Enigmas

La magia en los cuentos clásicos egipcios
Manuel Velasco

Además de las referencias que sobre los magos egipcios aparecen en la Biblia, donde el convertir bastones en serpientes no impresiona en absoluto al faraón (ese truco debía ser tan común entonces como lo es ahora sacar pañuelos de una chistera), muchos cuentos populares del antiguo Egipto tienen a estos magos como protagonistas, con numerosos detalles acerca de su magia, que en aquel Egipto estaba indisolublemente unida a la religión y la ciencia.

Es imposible calcular cuantos de estos cuentos populares se habrán perdido para siempre, pues, como bien comenta Emma Brunner-Traut en su introducción al libro Cuentos del antiguo Egipto (EDAF, 2000. Colección Arca de Sabiduría), los principales enemigos de los papiros, que tan amorosamente copiaban y guardaban los escribas egipcios, han sido los saqueadores de tumbas, las aguas subterráneas y la codicia de los comerciantes.

Algunos de estos papiros, como los llamados Wexcar, Harris, Orbiney, ahora en museos europeos o americanos, contienen los cuentos que normalmente se pasaban de boca en boca a lo largo de las generaciones, pero que algún escriba se tomó la molestia de transcribirlos con la grafía hierática, para que perdurasen más allá de la quebradiza memoria de los hombres. El contexto anecdótico de los propios cuentos hace que se comprendan mejor algunos aspectos de los magos egipcios, ya que los textos puramente mágicos, con su lenguaje críptico y perdidas las bases y connotaciones adecuadas, acaban siendo una mera compilación, en gran medida ininteligible, de un recetario sobrenatural.

Entreteniendo al faraón


Mientras que los textos meramente mágicos de los antiguos egipcios pasaron al olvido o a la adopción, con la correspondiente reinterpretación de ciertos grupos esotéricos que se condideraron herederos de aquellas tradiciones, los cuentos, con sus aparentes pocas pretensiones y su aire de fábula, han permeado en la conciencia de la humanidad a lo largo del tiempo, pudiendo ver su imagen reflejada en otras leyendas posteriores que otros pueblos supieron adaptar para su propio uso y disfrute.

Algunos de ellos están contados, tal vez al modo de Las mil y una noche, por los hijos de Keops, para entretener a su padre. El más conocido, entonces y ahora, tal vez sea el del mago y lector jefe Webaoner, que tuvo que acompañar al rey Nebka en un viaje de una semana, cosa que aprovechó su mujer para llamar a su amante. Avisado el mago de la traición, pidió su arcón y elaboró una figura de cera con la forma de un cocodrilo, sobre el que dijo unas palabras mágicas, que un sirviente suyo echó a las aguas del estanque donde el amante se bañaba para refrescarse tras el regocijo. A la noche siguiente, cuando el amante se daba el chapuzón acostumbrado, un inmenso cocodrilo lo agarró entre sus fauces y lo mantuvo “sin respirar” bajo el agua. Cuando el rey y su séquito regresaron del viaje, el mago le invitó a su casa, prometiéndole que vería un acto prodigioso. Una vez al borde del estanque, el mago llamó al cocodrilo, que salió con su carga, sin que mostrara la mínima hostilidad contra los presentes. El mago contó quien era aquel hombre y las circunstancias de su acción mágica, cosa que impresionó realmente al faraón. El amante fue devorado por el cocodrilo, la esposa fue ajusticiada y el mago recibió unos regalos por su sabiduría.

En este relato vemos que los magos, que eran sacerdotes, podían estar casados y tener propiedades. Al parecer, realizaban un servicio rotatorio, según el cual debían estar en el templo durante un mes seguido tres veces al año; el resto del tiempo podían llevar una vida laica, durante la cual no contaban las rígidas normas de la vida en el templo respecto a la comida o el sexo. En el caso de este cuento, además, la casa debe ser de dimensiones considerables, lo que nos habla de las riquezas que aportaba esta profesión, que, en este caso concreto, se ejercía en las cercanías del propio faraón, lo que sin duda redundaría en beneficios extra.

También nos indica este cuento cómo las imágenes, en este caso de cera, podrían cobrar vida para cumplir una misión ordenada por el mago. Normalmente, esto se realizaba con una finalidad protectora, pero en este caso, la acción destructiva estaría justificada, ya que el amante ha ocasionado un desequilibrio en el orden del mundo (también la mujer, que recibe la justicia del propio faraón) representado por el término Maat, que también era el nombre de la diosa de la Verdad, la Justicia, la Armonía, el Orden y el Equilibrio. A Maat se le distingue entre el amplio panteón de dioses egipcios porque sobre la cabeza lleva aquello que le representa: la pluma de avestruz. Tan ligera y sutil que era lo que se ponía en la otra balanza cuando Anubis comprobaba la pureza del corazón de un difunto.

El detalle de que Webaoner pida su arcón para realizar el trabajo nos indica que los magos usaban una serie de elementos y herramientas que llevaban guardadas a cualquier parte. Cuenta Bob Frier en Secretos del antiguo Egipto mágico (Robinbooks, 1994) que en la tumba de un mago hallada intacta en el Ramasseum de Tebas se encontraron los objetos y herramientas que estos sacerdotes utilizaban habitualmente. Además de los ushebtis, estatuillas que cobrarían vida en el más allá para servir a su señor, y los Hijos de Horus, protectores de los órganos sacados del cuerpo antes de la momificación (elementos comunes a cualquier otra tumba), los arqueólogos encontraron una caja de madera con la colección particular de papiros que tenía aquel mago. También había tres pequeñas figuras de arcilla y madera, a las que les faltaban ciertas partes, y un úreus (la cabeza de cobra que llevaban los faraones en la frente, y que vendría a representar la capacidad destructora de Ra), que envolvía una bola de pelo natural. También había varias varas mágicas, con forma curva y la superficie decorada con animales, y un grupo de cálamos o plumas con las que el mago podría escribir los conjuros y las fórmulas mágicas.

Otro cuento está situado en el tiempo del faraón Snefru y lo relata su nieto Baufre. En este, el mago es el lector jefe Djadjaemonkh, que tendrá que procurar diversión a un rey que se aburre soberanamante. Para ello hizo que preparasen una excursión en barca con todas las mujeres jóvenes que había en el palacio. Se eligieron a las 20 mejores (las de más bellas formas, de bien trenzados cabellos, de pechos firmes y cuyo vientre aun no se haya abierto para dar a luz). Se despojaron de sus ropas y se les entregaron collares. Ellas remaron y al rey se le alegró el semblante.

Pero un elemento inesperado se introduce en la escena: a una de las mujeres se le cae al agua su talismán, una turquesa en forma de pez. Enterado el rey del percance y viendo la pena en el rostro de la mujer, le ofreció otra joya similar, pero ella dijo que prefería el suyo. Como no había manera de solucionar el problema, Snefru mandó llamar otra vez al lector jefe, que enseguida encontró una nueva solución: recitó un conjuro y las aguas del lago se abrieron, alcanzando 24 codos (casi 50 metros) de altura, justo donde había caído el talismán.

El título de lector jefe era muy prestigioso, normalmente relacionado con alguien cercano al faraón, como lo fue el famoso Ptahotep, cuyas Máximas han llegado hasta nuestros días como un ideal de vida en el antiguo Egipto. La capacidad de controlar grandes extensiones de agua, haciendo que se formasen dos paredes con una especie de pasillo en medio la encontramos posteriormente en el Antiguo Testamento, cuando los judíos huían de Egipto. Moisés conocía las artes mágicas egipcias, que llegó a superar, ya que los demás magos no fueron capaces de anular las siete plagas que él desató. También tenemos la importancia que se le daba a los talismanes, con su carácter protector, y cuya pérdida puede suponer una desgracia.

El tercer cuento que trataremos aquí está situado en dos épocas distintas, con un mago como personaje común, aunque en la segunda parte estará reencarnado en otro cuerpo: En los tiempos del faraón Mench-pa-Ra, el gobernador del país de los negros (Etiopía) quiso darle una lección. Para ello consiguió que uno de sus magos, llamado Horus, hiciera un gran acto de magia elaborando con cera un palanquín con cuatro porteadores, a los que da vida y ordena que vayan a donde está el faraón, lo secuestren, lo lleven a Etiopía, le den cincuenta latigazos en público y lo devuelvan a sus salones; y todo ello en seis horas. Todo se cumple tal como el mago etíope desea. A la mañana siguiente, el faraón se despierta, con la espalda llena de las señales de los latigazos, recordando consternado todo lo que ha ocurrido.

Su mago supremo, que también se llama Horus, hace un sacrificio a su dios Thot, inventor de las fórmulas mágicas; por la noche sueña que debe dirigirse a la biblioteca del templo de Schmun, donde encontrará un papiro escrito por el propio dios. Eso sí, le previene de que sólo lo saque de su caja para hacer una copia e inmediatamente deberá devolverlo a su sitio. Entonces, el mago Horus elaboró amuletos y fórmulas mágicas que impidieron que en la siguiente noche los seres etíopes volvieran a llevarse al faraón. Pero, no sólo eso; también consiguió hacer él mismo un palanquín con portadores a los que dio vida desde la cera. Estos trajeron al gobernador etíope, que recibió el mismo trato que el faraón en Etiopía. Y eso volvió a ocurrir las dos noches siguientes, sin que el mago etíope pudiese evitarlo con sus poderes. Por eso, este decide ir a Egipto, y, ante el faraón, emprende una lucha mágica con el mago homónimo. El etíope provoca un fuego y el egipcio una lluvia que lo apaga. El primero una niebla y el segundo el viento que la dispersa. Así siguieron hasta que el mago etíope reconoció la superioridad del egipcio. Para salvar su vida, prometió no volver a Egipto en mil quinientos años.Transcurrido ese tiempo, ambos magos regresarán a la corte del faraón Ramsés II, que reina en ese momento; el etíope movido por los deseos de venganza y el egipcio porque ya no hay nadie con poderes suficientes como para oponerse a su enemigo.

Los cuentos egipcios y la Biblia


Una mujer llamada Ahwere tuvo un sueño en el que alguien le decía que iba a concebir un hijo y que para ello debía preparar una medicina con un calabacero. De este modo, y con la posterior ayuda de su esposo, concibió y parió a un niño prodigioso, al que llamaron, también bajo la influencia de un sueño, Si-Osire. Este niño pronto empezó a entusiasmar a los sacerdotes de la Casa de la Vida recitando textos sagrados o a inquietar a su padre cuando, ante el paso de dos cortejos fúnebres, le contó lo mal que lo pasaría el rico y lo feliz que sería el pobre en el más allá, debido a la diferencia entre las buenas y malas acciones de cada uno. Pero su acción más prodigiosa fue adivinar que era lo que llevaba escrito un príncipe etíope en una carta sellada: la historia de aquellos dos magos que se enfrentaron mil quinientos años antes.

En este cuento encontramos, además de los típicos actos, fórmulas y poderes mágicos, algo que encontraremos de manera muy similar en el Nuevo Testamento: un sueño parecido a la Anunciación, aunque aquí no hay virginidad de por medio, un niño con una sabiduría superior a la de los sacerdotes, y un adelanto a aquella famosa frase de Es más fácil que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el reino de los cielos. Osiris o Jehová, según qué caso, no mira las riqueza que la persona haya podido acumular en su vida, sino si sus acciones han sido más constructivas que destructivas.

No es la única, ni mucho menos, similitud entre alguna historia egipcia y la Biblia; al fin y al cabo, los hebreos pasaron muchos años bajo la influencia de los egipcios y todo aquello que escucharon debieron pasarlo a lo largo de las generaciones, introduciéndose con las debidas adaptaciones en sus propios relatos: Moisés fue príncipe de Egipto, educado como un hijo del propio faraón. Las Tablas de la Ley bien pudieran representar a dos cartuchos egipcios; en algunos grabados vemos algo similar custodiado por dos leones, que también simbolizan a la tribu de Judá, guardiana de las tablas. En los templos se hacían una especie de procesiones con algo parecido a un arca, de lo que poco sabemos, que era depositada en un altar vedado para los no iniciados, pero que es un ritual idéntico al que se seguía con el Arca de la Alianza. El salmo 104 parece copiado del Himno al Disco Solar, del mismo tiempo que las Bienaventuranzas tienen un indiscutible origen en los Textos Sapienciales escritos dos mil años antes de Cristo.

artículo publicado en la revista Enigmas / 2004
© Manuel Velasco

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