junio 27, 2009

Ría de Arousa


La Ría de Arousa

(Grandes Viajes / 2007)

Manuel Velasco


La Ría de Arousa es la mayor de las Rías Baixas gallegas y está bordeada de bellos parajes en forma de ensenadas, penínsulas e islas, remodeladas a través de los tiempos por el agua y el viento, así como pequeños y grandes pueblos marineros cargados de típismo, pero con la suficiente infraestructura como para hacerla ideal tanto para el turismo de navegación (16 puertos) como para el terrestre.

O Grove hace unos trescientos años era una isla; ahora, un istmo arenoso ha llegado a convertirla en una península. El Paseo Marítimo, casi recién estrenado, impide que las olas sigan rompiendo contra las casas más cercanas al mar. Desde allí pueden verse mariscadores buscando con sus rastrillos, según temporada, almejas o berberechos. Aquí es donde comenzó el cultivo de las vides, por parte de los monjes cistercienses, que con el tiempo han dado lugar al actual vino de Rías Baixas. En la Ensenada do Bao hay un refugio natural de aves, donde llegan a vivir 145 especies distintas, unas de forma permanente y otras siguiendo sus ciclos estacionales, siendo la más representativa la garza real.

En la parte sur, aunque geográficamente no forme parte de la Ría de Arousa, hay que reseñar la playa de A Lanzada, no sólo por ser grande y bonita, sino por sus viejas leyendas que aun perduran, como el "Baño de las Nueve Olas", que es un antiquísimo ritual propiciador de la fertilidad, por el cual las mujeres con dificultades para tener hijos se introducen en las aguas y esperan la llegada de nueve olas seguidas. Claro que los hombres y las mujeres que no quieren tener hijos también pueden aprovechar el ritual mágico, reduciéndolo a siete olas, para combatir varios tipos de enfermedades y conseguir una porción de buena suerte.

Desde O Grove, y tras recorrer un bonito puente blanco adornado con farolas, se llega a A Toxa, isla famosa desde hace tiempo por su balneario de aguas medicinales, buenas para el reumatismo, vías respiratorias y la piel. El descubrimiento de esas propiedades se le atribuye a un burro enfermo, que fue abandonado en la isla para que allí se mueriese; tras revolcarse por las ciénagas durante unos días, su dueño se asombró de verlo "resucitado". Además del balneario, ahora también acude la gente por su casino, sus campos de golf y sus instalaciones naúticas. Aunque no se acuda para un tratamiento, también pueden aprovecharse las propiedades de las sales de sus aguas comprando en su lugar de origen alguno de los productos cosméticos. O, a nivel artesanal, todo tipo imaginable de objetos que pueden confeccionarse con conchas marinas, que ofrecen tanto los tenderetes como los impulsivos vendedores callejeros, frente a cuyo acoso hay que saber armarse de paciencia.

Cambados es la capital del famoso viño Albariño -así se le sigue llamando popularmente, a pesar de que el actual nombre oficial de denominación de origen sea "Rías Baixas"-. A su alrededor pueden verse muchas viñas "verticales", con postes de piedra sosteniendo las parras de uva albariño. Un paseo por las calles del casco viejo permite observar el pasado noble de la villa, con numerosas casas de piedra con blasones y ventanas redondeadas, como el Pazo de Figueroa en la plaza de Farfiñaes.

En Vilagarcía no hay que perderse una visita al Museo Pub, en la céntrica avanida de la Marina, no sólo para beber algo mientras se escucha buena música, como ocurre en este tipo de lugares; aquí se pueden pasar las horas contemplando la curiosa decoración, donde se mezcla lo más tradicional con lo más vanguardista, donde las mesas son los soportes de viejas máquinas de coser, y, por no faltar, hasta hay un pozo de los deseos, donde echar alguna moneda que propicie la buena suerte; ¿por qué no?, al fin y al cabo estamos en una tierra mágica y no hay que desaprovechar la oportunidad por tener la superstición de que ser superticioso da mala suerte.

Llegamos a Vilanova, desde donde, tras contemplar desde el mirador de Lobeira un maravilloso panorama de toda la ría y de tierras del interior, pasamos a la isla de Arousa, que ya era un lugar importante en la época romana por sus salinas. Está unida al continente por un puente de dos kilómetros de largo. Al lado del puente está la playa de O Bao, de arena fina y lo suficientemente extensa como para que los amantes de la tranquilidad no sientan agobios. La mayoría de los habitantes de la isla viven del mar, pescando o mariscando: bajo el puente pueden verse, dependiendo de los días y las horas de las mareas, a cientos de mujeres mariscadoras recogiendo almejas con un cubo y una pequeña azada; cuando acaben su trabajo irán a la lonja, donde les pagarán tras pesarle la mercancía conseguida. Muchos de sus maridos estarán pescando cerca de allí desde sus dornas, pequeñas embarcaciones autóctonas movidas a vela.

Continuamos hacia Catoria, donde la ría se une al río Ullá, que, por ser navegable, fue una importante vía de comunicación con Santiago de Compostela. Aquí destacan las ruinas de las torres del Oeste, restos de las siete torres originales que sirvieron como baluarte para defender o al menos prevenir los ataques de los musulmanes y vikingos que de vez en cuando asolaban la región. Precisamente los saqueos vikingos han originado mil años más tarde una de las fiestas gallegas más originales: la Romería Vikinga, celebrada el primer domingo de Agosto.

El viaje termina en Padrón, ya en la provincia de La Coruña, rodeado de maizales y viñas. Fue el lugar de nacimiento de Rosalía de Castro y allí está la casa-museo. La tradición cuenta que hasta aquí llegó la barca con los restos del apostol Santiago desde Palestina; el pedrusco o pedrón donde amarraron la barca dio origen al nombre de la población.

Artículo publicado en la revista Grandes Viajes - 1997
© Manuel Velasco

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