junio 14, 2009

Estocolmo


ESTOCOLMO

Manuel Velasco / Geomundo


No todos están de acuerdo acerca del significado del nombre de esta ciudad. Para algunos Estocolmo significa "isla amurallada", para otros, "islote entre los troncos", debido a los palafitos en que vivieron los primeros pobladores alrededor del conjunto de islas situadas entre el lago Malar y el mar Báltico.

En la actualidad, Estocolmo es un hermosa y extensa ciudad que desconoce esa contaminación imperativa en cualquier otra ciudad más hacia el sur; aquí conviven barrios medievales con modernos edificios esféricos, de la misma manera que la prosperidad material no está reñida con el respeto a la naturaleza y el siempre sorprendente sol de medianoche cede su paso a los grisáceos días invernales No es de extrañar esta unión de extremos; ya uno de los suecos más universales, Alfred Nobel, unió el destructivo invento de la dinamita con los filantrópicos premios que llevan su nombre.

También en este contexto puede observarse a la multitud de etnias que actualmente conviven en la ciudad y que se hace bien patente caminando por las calles o sobre todo acercándose a alguno de los barrios del área metropolitana, donde los colores de piel y pelo se van tornando más oscuros según nos alejamos del centro. En los andenes y pasillos de la estación T-Centralen, donde convergen las tres líneas de metro y la estación de ferrocarril, puede observarse a cualquier hora del día la más heterogénea mezcla de turcos, chinos, somalíes, kurdos, libaneses o chilenos, muchos de los cuales ya han adquirido la ciudadanía sueca tras vivir cinco años en el país. Un visitante de otras latitudes tendrá mayor dificultad en identificar a los finlandeses, que realmente son el colectivo más numerosos y con más tiempo de permanencia.

Se calcula en medio millón el total de inmigrantes tanto políticos como económicos. Así, los primeros que llegaron fueron los italianos allá por 1946, contratados como una mano de obra práctica que Suecia entonces necesitaba imperiosamente p ara conseguir el relanzamiento del país tras los desastres de la II Guerra Mundial. Más tarde, entre los años 52 y 70 fueron llegando los inmigrantes "por libre", que tuvieron que competir duramente con los autóctonos y adaptarse a su forma de vida sin ningún tipo de ayuda oficial. A partir de los 70 empezaron a llegar los refugiados políticos, aceptados por razones humanitarias y que han proporcionado esa imagen de solidaridad internacional que Suecia ha dado al mundo en los últimos decenios.

Hay muchas maneras en que el viajero puede aprender algo de historia sueca. Están los museos, los centros culturales, los libros; pero hay un lugar que muy pocos turistas pueden llegar a conocer (y según se mire es mejor que así sea): se trata del hospital de Hudinge, al sur del área metropolitana de Estocolmo; entre las muchas obras de arte que adornan sus largísimos pasillos, se encuentra un mural que, como si fuera un cómic continuo, muestra los momentos estelares de la historia de Suecia, iniciándola con escenas de caza de los primeros pobladores tras el retroceso de los glaciares y terminándola algunos pisos más arriba con el referéndum sobre las centrales nucleares de 1980, dejando en medio multitud de guerras y crueldades varias en las que los antiguos suecos ocuparon gran parte de su tiempo, junto a inventores y personajes remarcables, con la curiosidad de que todos los reyes están dibujados sólo en silueta, sin más detalle que una etiqueta con el nombre y la fecha; y es que el autor Gunnar Sodertröm es republicano acérrimo. Y no sólo es en las paredes donde este insólito hospital muestra la cultura; también cuenta con una biblioteca con miles de libros en 52 idiomas y revistas y periódicos en 12, para uso de los pacientes y el personal.

En la biblioteca sin duda se encontrarán los libros de dos escritoras que están situadas en el rinconcito nostálgico del corazón de casi todos los suecos: Elsa Beskow y Astrid Lindgren. Muchos han crecido con la lectura de sus libros infantiles, que no siempre fueron compatibles entre sí. Las historias de Elsa Beskow tuvieron su mayor influencia en la primera mitad del siglo con sus cuentos moralizantes y sus niños-personajes que se comportaban tal como los padres querían que lo hicieran sus propios hijos, pero Astrid Lindgren, sobre todo con su Pippi Calzaslargas, supuso toda una revolución a partir de los años cincuenta. Los niños por fin leían historias en que los pequeños protagonistas se comportaban tal y como a ellos les gustaría hacerlo. Los libros de Elsa entraron en las escuelas como manuales de lectura, pero la Pippi de Astrid se ha convertido en el tercer libro mas vendido del mundo, junto a la Biblia y el Quijote.

A orillas del lago Malar, se encuentra el edificio más carismático de Estocolmo: Stadhuset, el Ayuntamiento, cuya torre cuadrada está coronada, y nunca mejor dicho, por tres coronas doradas, y su silueta sobresale sobre cualquier panorámica de la ciudad. En su interior destaca sobre todo el gran Salón Dorado, con sus paredes recubiertas de mosaicos compuestos por unos diecinueve millones de pequeñas piezas de cerámica que brillan como el oro; es el lugar donde tradicionalmente se celebran las cenas de los premios Nobel, aunque cualquier persona que esté dispuesta a pagar puede alquilarlo para su propia fiesta.

A un corto paseo, se encuentra Gamla Stan, la ciudad vieja, que puede considerarse como el centro de Estocolmo. Sus estrechas calles de altas paredes nos introducen en un mundo donde se entremezclan con envidiable armonía las fachadas medievales, en perfecto estado de conservación, y las modernas boutiques, cafeterías y galerías de arte. En tiempos en que la Liga Hanseática ejercía su imperio político-económico por el todo el mar Báltico, esta zona era la aduana entre el comercio interior y exterior de Suecia. También se encuentra en este barrio-isla el Palacio Real, que cada mañana es escenario del ceremonial de cambio de guardia, y Stortoget, la céntrica plaza que cuenta con el dudoso honor de haber sido el escenario de una de las historias más dramáticas del pasado sueco: aquí se llevó a cabo la ejecución de unos ochenta nobles en el siglo XVI, que fueron decapitados después de una fiesta por oponerse a la autoridad del rey danés Christian II, y con cuya sangre, según se cuenta, se pintaron las fachadas de tres edificios.

En el embarcadero de Gamla Stam hay transbordadores que llegan hasta la isla Djugarden, que una vez fue un coto de caza para la realeza; actualmente ese espacio isleño es compartido por algunos de los lugares de interés históricos más visitados de la ciudad, como el museo Nórdico o el museo del barco Vasa y sobre todo Skansen.

SKANSEN

La existencia de Skansen (La Fortaleza), el museo al aire libre más antiguo del mundo, se debe al empeño y determinación demostrados por Artur Hazelius, maestro y filólogo nacido en Estocolmo en 1833. Ya desde su infancia fue buen conocedor del mundo rural sueco y, al llegar a la madurez, pudo comprobar el inevitable cambio que estaba sufriendo la vida campestre de la última mitad del pasado siglo, a causa de la implantación lenta pero ineludible de las nuevas formas de vida que traía consigo la revolución industrial.

Este cambio llevaba irremediablemente a la destrucción de objetos y edificios que ya estaban quedándose obsoletos con el empuje de los nuevos tiempos. Hazelius tomó una determinación y recorrió el país con su mujer, clasificándolos, recogiéndolos e incluso comprándolos para lo que sería su gran sueño: un museo al aire libre que mostrase al futuro ese tipo de vida que ya se estaba perdiendo.

Pero el museo no es una mera fría exhibición de viejos edificios de madera; Skansen es un lugar vivo donde, desde su inauguración en 1891, se festejan tradicionalmente las más importantes celebraciones del calendario sueco. Actualmente cuenta todos los años con un amplio programa de fiestas entre abril y diciembre que pueden tener los más diversos motivos, como el florecimiento de los tulipanes, el día nacional de algún país, la noche de Walpurgis, los tradicionales mercados a la manera antigua de primavera, otoño y navidad o la clásica fiesta de Santa Lucía, además de múltiples conciertos de todo tipo de música.

Todas las regiones suecas están representadas ya sea con iglesias, molinos, casas señoriales e incluso granjas completas, hasta alcanzar unos 150 edificios, la mayoría de ellos con el común denominador de un intenso color rojo cubriendo las viejas maderas. Este color ha estado presente en las construcciones a lo largo y ancho de toda Suecia desde el siglo XIV, siendo el resultado de un óxido proveniente de las minas de cobre de Falu y que protege la madera del paso del tiempo y de la dura meteorología.

Puede decirse que estos edificios están tocados por el dedo de la fortuna; en su tiempo evitaron los múltiples incendios que a través de los años han ido arrasando los poblados de madera, y, con su traslado a Skansen, también han evitado ese otro fuego, más deshonroso y más cruel, que hubiese proclamado su inutilidad frente a un progreso, no siempre bien entendido, que aniquila todo lo que no es compatible con su ímpetu ciego.

La visita por el museo, que puede llegar a ser muy larga e incluso requerir varios días, tiene su comienzo más lógico al lado de la entrada principal, donde se encuentra todo un barrio de ciudad, construido a imagen del antiguo barrio Södermaln, en la zona sur de Estocolmo. Las empinadas callejuelas empedradas conducen a los talleres del impresor, del alfarero o del cristalero, donde artesanos vestidos con trajes de época realizan las actividades propias de sus oficios con las mismas tradicionales técnicas que usaban sus antecesores del pasado siglo, cuando el sentido del tiempo y la forma de vida apenas apartaban al hombre del ritmo de la naturaleza; además, estos artesanos contestan cualquier pregunta que se les haga acerca de su trabajo. Los aromas que salen de la panadería son pura poesía olfativa que, como cantos de sirena, obligan al viajero a entrar y degustar alguno de los panecillos o dulces que se cuecen lentamente en el horno de leña.

La vuelta por este barrio puede terminar con la visita a la casa de fachada amarillenta donde vivió el propio Hazelius durante la construcción de Skansen. Una vez allí, queda por elegir la dirección de la siguiente ruta, ya sea mapa en mano o siguiendo al azar, que llevará a través de la variadísima gama de edificios y lugares que se extienden por el parque, desde lujosas mansiones estilo rococó hasta exiguas cabañas de única estancia donde hacia vida una familia completa, todos con su propio mobiliario y utillaje, sin olvidar el importante detalle de que todos están rodeados por la flora típica de sus lugares de origen.

No podía faltar en Skansen el complemento de un pequeño parque zoológico, donde focas grises, osos, lobos, zorros o renos, representantes de la fauna autóctona, comparten imagen y territorio con elefantes y monos, traídos aquí simplemente porque son los animales preferidos de los niños suecos. Para ellos también hay un lugar especial, Lill-Skanse Øn (Pequeño Skansen), donde pueden tocar o ver de cerca a cabras, conejos o pequeños y mansos jabalíes. En el Acuario, bajo cubierto, pueden observarse animales tan exóticos en estas tierras como cocodrilos, serpientes o pájaros tropicales. Pero fuera de las rejas y empalizadas, entre las numerosas granjas y estanques, o en la más sencilla libertad, también hay infinidad de pavos reales, cigüeñas, patos, gansos y otras aves, muchas de ellas cumpliendo allí una parte de su ciclo migratorio estacional.

En primavera y verano, los días se alargan de una manera casi inverosímil para el viajero meridional y la naturaleza resurge desde el largo y oscuro letargo, manifestándose en una explosión de luz y color tan esperada y celebrada por los suecos. En el otoño, los días se acortan (y el horario de visitas), pero la verde exuberancia se transforma en capas de ocres, rojos y amarillos que dan al parque un toque casi mágico, acompañando al viajero la banda sonora que produce el crujido de las hojas caídas bajo sus pies.

Aquí no cabe el tópico de decir que Skansen sea el corazón verde de la ciudad, como sí lo sería en cualquier otra más hacia el sur de Europa. Estocolmo prácticamente no conoce la contaminación; hasta las aguas del lago Malar, que se vierten en el Báltico atravesándola entre varias islas en pleno centro de la ciudad, están limpias y es posible pescar y bañarse en ellas.

Un paseo por Skansen, aparte del esparcimiento que en sí mismo ocasiona, es como caminar por una burbuja de tiempo contemplando la imagen de un pasado ya irreversible que nos habla de otras maneras de entender la vida. Bajo un busto de Hazelius hay una inscripción que dice: "Salvaste el pasado para el futuro. El pueblo de Suecia te lo agradece". Ahora hay otros museos como este, sobre todo en los países nórdicos, pero Skansen fue el pionero y es, sin duda, el más vivo de todos.

Artículo publicado en la revista mexicana Geomundo
Este texto también es parte del libro Territorio Vikingo
© Manuel Velasco

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